El auto se desliza por la autopista con la suavidad de una caricia. Siento el murmullo constante de los neumáticos sobre el asfalto como un arrullo distante. El cielo comienza a abrirse frente a nosotros, y las señales ya anuncian la cercanía de Roma. Me estiro un poco en el asiento trasero mientras Emilio duerme en su sillita, sus labios entreabiertos y una de sus manitas sujetando mi pulgar. Giuseppe va al volante, concentrado, con esa seriedad tranquila que lo caracteriza. Nicoló, a mi lado, ha estado en silencio durante los últimos quince minutos, mirando por la ventana con la mandíbula apretada. —¿Estás bien? —le pregunto en voz baja, cuidando de no despertar a Emilio. Él gira la cabeza lentamente hacia mí, sus ojos oscuros llenos de sombras que todavía no puedo leer del todo. —Sí,

