CAPÍTULO 40.-2

1103 Palabras

Se despide de Emilio y de mí. Me siento frente a la trona, tomando la cuchara aún tibia. Emilio me mira con esos ojos enormes, llenos de una inocencia que en esta casa parece casi milagrosa. Le doy la siguiente cucharada, y él la acepta encantado, murmurando sonidos que solo él entiende. —Estás haciendo un buen trabajo, ¿sabes? —le susurró—. Mucho mejor que todos nosotros. A medida que lo alimento, el resto del mundo se desvanece. Aquí, con él, no hay Dahlia, ni Portia, ni Franco. Solo estamos Emilio y yo. Y por unos minutos, eso basta. Cuando termina, limpio sus manitas, su cara. Él se ríe cuando la toalla le roza la barbilla. Le acomodo la ropa y lo paso con cuidado a su coche. No voy a dejarlo solo. Escucho el intercomunicador y segundos después aparece Nicoló desde su habitación.

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