—Quiero saber a qué viniste. Y, especialmente, tenro curiosidad sobre lo que haces en este edificio. Vuelvo a reírme. —¿Te preocupa? Puedo asegurarte lo que temes, deberías prepararte para lo peor. Él enarca una ceja. —Según tú, qué sería lo peor. —Perder lo que siempre ha sido tuyo... Mis palabras lo hacen enderezarse. Su mirada se agudiza, su mandíbula se aprieta más. —Lo que es mío, lo que de verdad me pertenece, no se va de mis manos. Nadie me lo quita. Pero respóndeme esto mejor, Ivanna. ¿Seguimos hablando de trabajo? —¿De qué más tendría yo que hablar contigo? —bufo, porque este hombre cree que yo le voy a seguir el juego. —A lo que a mí respecta, muchísimo, pero nunca estuvo en mis manos —declara y no entiendo a qué se refiere—. ¿Disfrutaste tu tiempo fuera? ¿Valió la pen

