«Y legalmente lo es. Por eso entiendo menos». Sacudo la cabeza. —Basta. Ya no más. Vuelvo a caminar. El pulso todavía me martilla detrás de la oreja. Puedo sentir su perfume impregnado en mi chaqueta. Mierda. Ni siquiera tengo la decencia de limpiarlo. Y lo peor es que no quiero. La próxima vez va a odiarme más. Sé que va a venir a por mí con toda su rabia y sus planes y su lengua afilada. Y yo voy a dejarla hacerlo. Abro la puerta de la sala y todos levantan la vista cuando aparezco. Camino entre ellos con esa sonrisa cínica que tanto esperan de mí. Me alejo hasta el espacio menos ocupado y miro el reloj. Me mantengo de pie, con los hombros relajados y esa pose de cabrón indolente que todos esperan de mí. No tengo dudas que eso es lo que ven en mí ahora que alguien llegó para in

