El beso es—raro. Demasiado conocido. Como ponerse una chaqueta vieja que ya no te queda. No hay chispa. No hay calor. No hay nada. Solo memoria muscular. Sus labios saben a gloss caro y a pasado. No me muevo. No respondo. No la tomo de la cintura. No la acerco. Es un beso plano. Ordinario. Obligado. Como firmar un contrato que ya no quieres leer. Y mientras ella insiste, mientras intenta profundizarlo, mientras actúa como si esto fuera una escena romántica…yo solo puedo pensar una cosa: No siento absolutamente nada. Nada. Excepto el peso de los ojos de Emilia clavados en mi espalda. Me separo de golpe. No por decisión. Por instinto. La veo. —Emilia… —digo, y la voz me sale torpe, inútil—. No es lo que parece. Error. Ella avanza hacia nosotros. No corre. No duda. Camina con una firmez

