POV. EMILIA Continuamos comiendo el ramen y, por un rato —por un rato delicioso—, olvido lo que me dijo de Serrat. Lo olvidamos a él. La olvidamos a ella. Porque Fran… Fran es un hombre que te mantiene entretenida sin intentarlo, que en serio te atrapa. Lo escucho hablar y siento que mi cerebro está en un spa: relajado, en paz, ligeramente mareado por su belleza. Comienza a platicarme de uno de sus viajes a j***n, de las calles, los templos, de cómo se perdió en Shinjuku porque no quiso usar Google Maps por “orgullo arquitectónico”. Me cuenta anécdotas, curiosidades, datos inútiles, datos brillantes… y yo me descubro sonriendo como estúpida. Me entero de que la empresa de su familia lo envió a Nueva York justamente por su habilidad con los idiomas y su enorme capacidad de negociar.

