POV. EMILIA —No tienes por qué hacer esto —dice Francisco, mientras me carga en el elevador como si fuera lo más normal del mundo. —¿Cómo? —pregunto con la voz ronca, el maquillaje arruinado por el llanto, los ojos hinchados y la dignidad colgando de un hilo. Las puertas del elevador se abren con un ding suave y él, sin soltarme, comienza a caminar por el pasillo iluminado de su edificio. Mis rodillas arden por la caída, laten como si me recordaran mi desastre emocional y físico. Fran ajusta un poco el agarre, como si leyera mi dolor, y sujeta mis piernas con más cuidado. Con un movimiento suave, abre la puerta de su departamento empujándola con el hombro, sin soltarme en ningún momento. Luego me acomoda sobre el sofá con tanta delicadeza que siento que podría romperme… y él evitaría

