10
Daniel.
Jake hizo la sugerencia mientras comíamos huevos, con la misma naturalidad que el clima. Rasgó el último bocado, señaló al vacío y dijo: «Ava debería quedarse el resto del verano». Como un gesto de generosidad. Como la solución a un problema que nadie había identificado. La sartén chisporroteó a mis espaldas; apagué el fuego porque necesitaba terminar algo que no me metiera en problemas. La miré a ella, luego a él, luego a la ventana, como si tal vez hubiera una nota pegada al cristal con la respuesta correcta. Ella sonrió mirando su plato, con cautela, como si la yema pudiera decidir el desenlace.
—Es un viaje largo de ida y vuelta —dijo Jake, satisfecho consigo mismo—. Ya está aquí. Nos lo estamos pasando bien, ¿verdad?
—Cierto —dijo Ava, y fue a la vez la palabra más corta y la más cierta de la habitación.
Enjuagué la sartén antes de hablar. «Depende de ella», dije, incluso, como si no estuviera ya desmoronándome por dentro. «Y de su gente. Y de su trabajo».
“Mi gente me enviaría cartas aquí si pudiera”, dijo con ligereza. “El trabajo es… negociable”.
Jake sonrió. “Entonces, está decidido”.
—Aún no está decidido —dije, sin mirarla porque mi cara me delataría—. Hablemos esta noche.
No captó el doble sentido. Le dio un beso en la mejilla, dejó el plato torcido, se giró y lo enderezó por mí, y luego corrió hacia el muelle. Dejé correr el agua y conté hasta diez, lo cual nunca solucionaba nada. Ella puso su plato junto al mío y se quedó lo suficientemente cerca como para que mi brazo pudiera sentir su calor.
—Sabes que no puedo —dije finalmente.
“Lo sé.”
“Dilo en voz alta.”
“No podemos arriesgarnos.”
“Todavía quiero hacerlo.”
“Aún quiero hacerlo”, dije, y la verdad me golpeó como un puñetazo.
El día transcurrió como cualquier otro cuando uno finge que es normal. Jake quería una cuerda y público. Le di ambas cosas. Ava leía en el porche como si su libro fuera lo único en el mundo, pero cada vez que cruzaba las piernas, lo veía de reojo. Para el almuerzo, comimos duraznos que corté con demasiada precisión. Se comió uno despacio, como si supiera que la observaba. Fuimos educados, y fue peor que pelearnos.
Esa noche Jake salió. “No me esperes despierto”, dijo.
“Envíame un mensaje si eres estúpido.”
“Siempre soy un estúpido.” La besó y desapareció, dejando un silencio entre dientes.
Intentamos ver la tele. Después de diez minutos, la bajó el volumen, con la mirada fija en la ventana oscura. Me levanté para preparar té, solo para tener algo que hacer con las manos. Ella me siguió. Nos quedamos de pie frente a la estufa, mirando la tetera.
—Puedo volver mañana —dijo.
—Deberías —dije, y la palabra me dolió en la garganta.
“Me quedo con Jake. Es… más limpio.”
—No lo es —dije—. Pero lo parecerá.
Apagó la llama. “De acuerdo.”
Eso puso fin a la parte que podía terminar en cocinas.
Jake llegó tarde, ruidoso y alegre. Me abrazó con demasiada fuerza, la abrazó más tiempo. Nos deseó buenas noches. La casa se sumió en ese silencio donde cada sonido importa. Fui a mi habitación, hice los pequeños rituales para poder fingir que merecía algo. Ventilador encendido. Lámpara encendida. Me senté al borde de la cama practicando el no ir a la puerta.
Llamó una vez. Abrí. Llevaba una camiseta, las piernas al descubierto y la mirada fija. La dejé entrar y cerré la puerta.
—La última vez —dijo ella.
—La última vez —repetí, pero mi cuerpo ya estaba decidiendo lo contrario—. Ven aquí.
Cruzó el espacio y chocamos como imanes, bocas firmes, dientes, aliento, manos ya bajo la ropa. Le subí la camisa; ella se la quitó del todo sin interrumpir el beso. Mis dedos se clavaron en sus caderas, atrayéndola contra mí para que sintiera exactamente lo entregado que estaba. Agarró mi camisa y me la quitó por encima de la cabeza, la arrojó a algún lado, presionó su pecho contra el mío con un sonido que me encendió.
Nos tambaleamos hasta la cama, aún besándonos, aún tirando el uno del otro como si cada segundo que no lo hacíamos fuera un instante. Enganché mis pulgares en sus pantalones cortos y se los bajé rápidamente. Ella salió y ya tenía las manos en la cintura de mis pantalones cortos antes de que tocaran el suelo. La ropa desapareció en segundos.
Me empujó de nuevo sobre la cama, se subió encima de mí, me besó profundamente una vez antes de abrir el cajón. Encontró el condón, lo abrió con los dientes y me lo puso con manos temblorosas, no nerviosas, por la rapidez. La agarré de los muslos y la atraje con fuerza hacia mí, enterrándome en una embestida brusca que nos hizo maldecir a ambos.
Sin apenas adaptación, se movió de inmediato, rápida, frotándose contra mí, balanceándose hacia adelante, clavándose las uñas en mi pecho. La agarré de las caderas y la embestí con tanta fuerza que el armazón de la cama se quejó. Jadeó y se mordió el labio, pero no disminuyó la velocidad. Cada vez que se dejaba caer, yo me incorporaba para encontrarla, con un ritmo agudo e implacable. Su cabello caía hacia adelante, rozando mi rostro, su aliento caliente contra mi boca.
Me incorporé, rodeándola con un brazo por la espalda, con una mano aferrándome a su cabello para besarla con pasión, mordiéndola lo justo para que gimiera contra mí. Apretó más las piernas, el ángulo se volvió brutal en el mejor sentido, nuestro sonido crudo y fuerte resonaba en la habitación. Mi mano se deslizó entre nosotras y la encontró rápidamente, presionando con fuerza en círculos hasta que se rompió contra mí, aferrándose, con las caderas temblorosas pero intentando mantener el ritmo.
La giré bajo mí, tomando el control. Le levanté los tobillos y la penetré profunda y rápidamente; el sonido de la piel al chocar y sus gemidos cortos y urgentes me impulsaban a hacerlo con más fuerza. Se aferró al cabecero, con los nudillos blancos, la mirada fija en la mía como si se negara a apartarla mientras la destrozaba.
—Daniel… —empezó a decir, pero su voz se convirtió en un jadeo cuando me lancé contra ella, apretando su garganta lo justo para mantenerla allí, con el pulgar contra su pulso. Sus uñas arañaron mi espalda y sentí el escozor en mis huesos. La follé como si no tuviéramos que parar, como si la palabra «último» no significara nada, hasta que volvió a temblar, echando la cabeza hacia atrás, con la voz quebrándose al llegar al orgasmo por segunda vez.
No me detuve. No podía. Verla así, abierta, me tenía completamente allí, con las caderas palpitando, el calor aumentando hasta que penetré profundamente, me enterré y dejé que me golpeara, gimiendo contra su cuello, sujetándola mientras vaciaba cada gota de mí en ese momento.
Permanecimos entrelazados, respirando con dificultad, el sudor refrescándonos la piel. Mi mano acarició su muslo sin pensarlo. Ella me besó la mandíbula una vez y luego se apartó para buscar su camisa. La observé vestirse, memorizando sin darme cuenta. Me miró de reojo antes de irse, una mirada que recordaré más de lo debido.
Cuando amaneció, no miró dentro de mi habitación al pasar. Yo no miré hacia afuera. Jake cargó el coche, haciendo ruido, bromeando, sin darse cuenta de nada. Me abrazó en el porche, ligera, limpia, como si la noche anterior no hubiera pasado.
“Conduce con cuidado”, dije.
—Lo haremos —dijo. Y luego desapareció, la grava crujía, los árboles engulleron el coche. Me quedé allí hasta que no hubo nada que ver.
Erótica 2.