Jacobo.
No dormí esa noche, no después de lo que pasó en el pasillo, no después de cómo lloró en mis brazos.
Se quedó dormida enseguida, acurrucada contra mi pecho como si perteneciera a ese lugar. Me quedé despierto durante horas, mirando al techo, sintiendo cada respiración suya como si resonara dentro de mí. Debería haber sentido culpa. Quizás vergüenza. Pero sobre todo, me sentí… consciente. De ella. De mí. Del hecho de que habíamos cruzado una línea sin retorno.
Por la mañana, supe que algo tenía que cambiar.
No podía seguir fingiendo ser el adulto responsable mientras cedía como un adolescente cada vez que me miraba con esos ojos. Si esto estaba sucediendo, y claramente lo estaba, necesitaba tener el control. Completamente.
Así que empecé con un plan.
Cuando bajó las escaleras, con las piernas al descubierto y vestida con una de mis camisetas viejas, me miró de esa manera; mitad soñolienta, mitad engreída, como si estuviera esperando a ver si yo fingiría que no había pasado nada otra vez.
Hoy no.
—Siéntate —le dije.
Dudó un momento y luego se dejó caer en un taburete junto a la isla de la cocina.
“Hoy no se permiten teléfonos”, dije. “Nada de malas actitudes. Y nada de mentiras. Si vamos a hacer esto, habrá reglas”.
Ella sonrió con sorna. “Te encantan las reglas”.
“Me encanta la disciplina.”
Ella arqueaba las cejas de esa manera, lo que la excitaba, y yo no dejaba que se notara cuánto me excitaba a mí también.
—¿Qué clase de reglas? —preguntó ella.
“Hablarás cuando te hablen. Responderás a las preguntas con sinceridad. Nada de réplicas. Pedirás permiso antes de hacer nada. Si desobedeces, me ocuparé de ello.”
—Ya te las arreglarás —repitió con voz baja.
Asentí con la cabeza. “Y dirás ‘sí, señor’ cuando dé una orden. ¿Entendido?”
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el mostrador. “¿Y si no lo hago?”
“Ya lo descubrirás.”
Lena sonrió. —Hablas en serio.
“Muy serio.”
Me observó fijamente durante un buen rato, luego se enderezó. “De acuerdo. Sí, señor.”
Las palabras salieron suaves y provocativas, pero aun así me aceleraron el pulso.
Rodeé la isla y me paré frente a ella. “Levántate”.
Ella obedeció sin dudarlo.
“Arrodillarse.”
Cayó de rodillas.
Esperé, observándola a los ojos. “¿Qué haces ahí abajo?”
“Porque tú me lo dijiste.”
“¿Y quién soy yo?”
“Jacobo.”
No dije nada.
Ella sonrió con sorna. “Señor.”
“Así está mejor.”
Dejé que el silencio se prolongara. Su respiración se aceleró. No estaba acostumbrada a esto: a estar quieta, a que le dijeran qué hacer. Le gustaba el caos. Esto era todo lo contrario.
Y ella estaba disfrutando cada segundo.
—Mírame —dije.
Ella lo hizo.
“Quédate ahí hasta que yo diga lo contrario.”
Me alejé, me serví un café y me lo bebí mientras ella permanecía arrodillada en medio de la cocina, como si esperara a que la reclamara. Se removió un poco, sin saber cuánto tiempo la mantendría así.
Pasaron cinco minutos. Luego diez.
Finalmente regresé y le ofrecí mi mano. Ella la tomó y la ayudé a levantarse.
“Esa fue la primera lección”, dije. “Quietud”.
Se lamió los labios. “¿Y la lección dos?”
“Control.”
Esa misma tarde, la mandé a mi habitación. Le dije que se quitara la ropa, se acostara en la cama y esperara. Ella obedeció.
No me apresuré.
Limpié la cocina y me duché mientras la dejaba sentada en esa tensión.
Cuando abrí la puerta del dormitorio, allí estaba ella, tumbada desnuda sobre las sábanas, con las manos cruzadas sobre el estómago, los ojos muy abiertos y expectantes. Tenía las piernas juntas. No se había tocado.
Eso era nuevo.
Cerré la puerta tras de mí y me acerqué. “Buena chica”.
Se sonrojó. Nunca la había llamado así. Parecía orgullosa, como si se lo hubiera ganado.
Saqué una corbata de seda negra del cajón.
—Siéntate —le dije.
Ella lo hizo.
Le pasé la corbata por los ojos y la anudé en la parte posterior de la cabeza.
“¿Color?”
—Verde —susurró.
“Brazos en alto.”
Le até las muñecas con otro trozo de tela y las sujeté al cabecero. Tiró suavemente, como si estuviera probando. No había escapatoria.
Me senté en el borde de la cama y le pasé una mano por el costado, observando cómo sus músculos se tensaban y se relajaban bajo mi tacto.
“Vas a hacer exactamente lo que te diga. ¿Y si no lo haces?”
—Me castigan —dijo con la voz ya entrecortada.
“¿Y si quieres algo?”
“Yo pregunto.”
Me incliné hacia él. “¿Y si quieres venir?”
“Te lo ruego.”
La besé, despacio y profundamente. Ella me devolvió el beso como si no hubiera podido respirar sin él.
Entonces me aparté y comencé mi trabajo.
Comencé despacio. Mis manos rozaron sus costados, su estómago, sus muslos. Caricias suaves, lo justo para crear tensión.
Besé su cuello. Mordí su clavícula y pasé mi lengua entre sus pechos, pero nunca toqué sus pezones.
Ella se retorcía.
—Por favor —susurró.
¿Acaso te dije que podías hablar?
“No, señor.”
Sonreí.
Succioné un pezón, tiré suavemente con los dientes y luego cambié de lado. Ella arqueó la espalda separándose de la cama.
Bajé un poco más. Besé su vientre y me detuve justo antes de su v****a.
Ya estaba empapada; los muslos resbaladizos, la respiración superficial.
Soplé suavemente sobre su clítoris. Ella gimió.
—¿Lo quieres? —pregunté.
“Sí, señor.”
“¿Seguro?”
“Sí.”
En vez de eso, la besé en la parte interna del muslo, mordí su piel suave y dejé marcas. Ella gimió.
Lo hice de nuevo, y otra vez. Sus caderas se arquearon, tratando de buscar el contacto.
Le di una palmada en el muslo, pero no fuerte. “Quédate quieta”.
“Lo siento.”
La lamí entonces. Una lenta lamida desde su entrada hasta su clítoris. Todo su cuerpo se estremeció.
Rodeé su clítoris con mi lengua, apenas rozándolo. Mis dedos se deslizaron dentro; uno, luego dos, curvándose suavemente. Ella jadeó.
La mantuve así. Sin darle suficiente para que llegara al orgasmo, sin dejarla relajarse. Simplemente la mantuve ahí, al límite.
Pasaron los minutos. Y luego más.
Ella suplicó, gimió, se quejó, imploró.
“Por favor, señor. Por favor, déjeme ir.”
Me detuve. Ella gritó.
—Todavía no —dije—. Otra vez.
Volví a ello. La provoqué y la llevé al límite.
Una y otra vez.
Su cuerpo temblaba.
Su voz se quebró. “Por favor. Jack. Por favor. Haré lo que sea.”
Eso me quebró algo por dentro.
Extendí la mano y le desaté la venda. Tenía los ojos húmedos, rojos y llenos de desesperación.
Le desaté las muñecas y la senté en mi regazo.
“Lo hiciste bien”, dije.
Me rodeó el cuello con los brazos como si necesitara aferrarse a algo real.
—¿Puedo ir ahora? —susurró.
La volví a tumbar y me deslicé dentro de ella con una lenta embestida.
Ella jadeó.
Sus brazos se aferraban a mí. Sus piernas rodeaban mi cintura. No solo me tomó, me absorbió. Como si su cuerpo conociera el mío y no quisiera soltarme.
La besé y entré en ella lenta y profundamente.
Su clímax llegó rápidamente. Podía sentirlo, la forma en que se contrajo a mi alrededor y cómo se le entrecortó la respiración.
—Suéltame —dije.
Llegó sollozando, escondiendo el rostro en mi hombro, con todo el cuerpo temblando.
La abracé fuerte y seguí adelante. Empuje tras empuje, buscando mi propio placer.
Llegué poco después, gimiendo contra su piel, llenándola hasta que ambos caímos rendidos.
Nos quedamos así durante mucho tiempo. Enredados y en silencio, piel desnuda contra piel desnuda.
Ella no dijo nada. En cambio, se limitó a dibujar lentos patrones en mi pecho con los dedos.
—¿Estás bien? —pregunté finalmente.
Ella asintió y luego me miró.
“Eso fue…”
Esperé.
Ella sonrió. “Un entrenamiento realmente efectivo”.
Me reí, sin aliento, y la acerqué más a mí.