Eva
Entré corriendo en mi casa y cerré la puerta de un portazo.
Habían pasado horas desde que dejé aquella maldita empresa, desde que me obligué a dar media vuelta y alejarme de aquel lugar, pero aún seguía presente en mi mente.
Tenía el estómago revuelto por las náuseas. Tiré mi bolso al sofá más cercano y me dirigí a mi habitación, cerrando la puerta de un portazo detrás de mí. Inmediatamente encendí la ducha, me desnudé y me sumergí bajo el agua fría. Sentía que nada podía refrescarme.
Cuando cerré los ojos, era lo único que podía ver. Una mezcla de traición y odio brotó dentro de mí.
Por parte de Brienne, me sorprendió, pero no del todo. Había tenido que desenredar suficientes comportamientos pasivo-agresivos y manipuladores hacia mí, a los que antes era ciega, como para sentirme molesta. Pero él...
Lo que más me molestó no fue verlos juntos como amigos íntimos, aunque esa imagen me diera náuseas. No, lo que realmente me molestó fue esa sonrisa burlona. Viktor parecía orgulloso de que los viera. Incluso victorioso.
Tanto si se lo había dicho a Brienne como si no, él sabía que Geoffery iba a estar allí. Estaba orgulloso de demostrarme que seguía siendo amigo suyo.
«¿Te ha gustado el espectáculo?», parecía decir su sonrisa burlona.
Las náuseas se apoderaron de mi estómago. No sabía si quería gritar o vomitar.
¿Cómo había podido hacerlo?
Por mucho que lo intentara y por muy deteriorada que estuviera nuestra relación, seguía sin poder comprender cómo se había convertido en eso.
Quizás realmente no lo conocía en absoluto.
Casi me reí al pensarlo. ¿Qué importaba? Seis años era mucho tiempo para cambiar y ambos habíamos cambiado mucho. Pero aún así...
Casi me ahogo por las intensas ganas de vomitar. Geoffrey, el mismo hombre que casi me agredió cuando estaba con él. El mismo hombre que me abrazó mientras lloraba por la agresión, ahora reía y bromeaba con el hombre que la había causado, ayudándole a subir a su coche.
¿Era esto algún tipo de juego enfermizo para ellos? Los tres en los que una vez confié se habían revelado como personas horribles y, sin embargo, eran tan despreciables en realidad. Especialmente él.
Cerré la ducha y salí del baño en bata antes de tumbarme en la cama y mirar al techo. Cerré los ojos y respiré profundamente, sintiéndome invadida por una mezcla de resignación.
¿Qué importaba, después de todo? Ahora estábamos en bandos diferentes y eran otros tiempos. Yo ya no era la chica confiada que solía ser y ellos... Estaban muy lejos de ser las personas en las que antes confiaba.
Un timbre agudo me sacó de mis pensamientos. Me volví hacia la puerta entreabierta de donde provenía el sonido. Mi teléfono estaba sonando.
Salí inmediatamente, fui a la sala de estar y saqué mi teléfono de mi bolso, donde sonaba.
Se me cortó la respiración cuando vi quiénes eran.
Cory y Anthea, mis hijos. Les había dado un teléfono compartido para poder mantener el contacto con ellos en su tiempo libre y para que se divirtieran tomando las fotos y los vídeos que quisieran.
Su viaje acababa de empezar y aún pasaría mucho tiempo antes de que volviera a verlos en persona.
Respondí rápidamente, sintiendo una mezcla de alivio y emoción. En cuanto vi sus caras en la pantalla, sentí que mis preocupaciones se desvanecían.
—Buenas noches, mami —dijeron al unísono. Me escapó una risita y luché por contener las lágrimas que me brotaban de los ojos por lo mucho que los echaba de menos. Apenas había pasado una semana y ya los extrañaba muchísimo.
—¿No deberían estar durmiendo a estas horas? —les pregunté, fingiendo fruncir el ceño para burlarme de ellos.
Desde la pantalla, negaron con la cabeza frenéticamente.
—No, mami, le pedimos permiso a la señora Garret, tal y como nos dijiste —dijo Anthea haciendo un puchero. A ninguno de los dos les gustaba que los acusaran de causar problemas. Eran niños buenos y educados, y yo tenía suerte de tenerlos.
—Bien —afirmé, sonriendo con orgullo. —Os quiero mucho, ¿me oís? Espero que estéis bien allí. Coméis y dormís bien, ¿verdad?.
—Sí, mamá. El tío Jon también nos llamó y nos preguntó lo mismo —respondió Cory.
Tuve que ocultar mi sorpresa. ¿Jon les había llamado?
Asentí con la cabeza en lugar de mencionarlo, pero antes de que pudiera decir nada más, Anthea bostezó. Al instante me relajé. Podía ver los signos reveladores de su agotamiento. Sin duda habían tenido un día emocionante. Aunque me alegraba que aún quisieran verme en su estado, necesitaban dormir.
—Mamá tiene sueño ahora. Ya ha pasado la hora de acostarse. Vosotros dos, cuidaos y escuchad siempre a los profesores —dije.
—Mamá... un beso de buenas noches —murmuró Anthea, haciendo pucheros, aunque no parecía tener sueño.
Besé la pantalla del teléfono dos veces sin dudarlo.
—Aquí tenéis vuestros besos de buenas noches. Que paséis una buena noche. Os quiero y os echo de menos todos los días —dije.
—Buenas noches, mamá —dijeron.
Les dije adiós con la mano por última vez y colgué antes de cerrar los ojos.
Ver a mis hijos me había levantado el ánimo, pero aún no había olvidado completamente todo lo sucedido. Se me encogió el estómago al pensar en Geoffrey. No soportaba pensar en él, y mucho menos estar cerca de él. No podía creer que alguna vez hubiera sido mi amigo. El único lugar al que pertenecía era la cárcel.
Pero sabía que eso no podía ser así. La familia Wells no se acercaba ni remotamente a la riqueza y la influencia de los Reynolds, pero eso no cambiaba el hecho de que eran ricos e influyentes, líderes en el sector comercial con muchos centros comerciales repartidos por la ciudad y más allá. No había justicia real para él, pero en aquel momento me bastaba con no tener que verlo ni estar cerca de él.
El hecho de que Brienne y Viktor estuvieran ahora abiertamente con él después de lo que había hecho lo decía todo.
Aparté el agrio sentimiento de traición y me concentré en la fría lógica. Lo más importante era lo que eso significaba para mí ahora. Estaba claro que Brienne estaba intentando hacer cualquier cosa para humillarme, pero Viktor también estaba intentando complicarme las cosas. Al montar este numerito y traer a Geoffrey de vuelta a mi vida, estaba tratando de demostrar algo.