Punto de vista de Sebastian La puerta reventó con un estruendo brutal. La jeringa se detuvo en seco antes de tocarla. Estaba en el marco, respirando con esfuerzo, y Soren rugía de furia dentro de mí. Mi equipo de seguridad entró tras de mí como una tormenta. No hubo necesidad de hablar. En segundos, esos monstruos estaban en el suelo, desarmados, gritando como ratas atrapadas en cloacas. Dos empleadas del hotel se asomaron justo después, tal como les pedí. Yo me quedé inmóvil. Los puños cerrados, las uñas enterradas en las palmas. Estaba a nada de perder lo poco de autocontrol que me quedaba. Mi camisa blanca medio desabotonada, las mangas arremangadas. El sudor me corría por la piel. Pero no era por correr. Era rabia. Pura, ardiente, imparable. La más

