Rafael
¿Renegados?
Esa sola palabra me puso en alerta.
Miré brevemente el informe y entrecerré los ojos al terminar.
—Envía a nuestros guerreros de élite a investigar. Quiero respuestas en las próximas 24 horas —ordené.
—Sí, Alfa —respondió, inclinándose de nuevo.
Guardé el informe en un bolsillo oculto de la chaqueta. No había tiempo ahora. Mejor revisarlo con calma cuando volviera de la fiesta.
Hoy era un día para socializar, no para trabajar… algo que me hacía muy poca gracia.
Sin embargo, este asunto era diferente. Era necesario. Una verdadera lástima que no pudiera pausar lo inevitable para centrarme en ello.
Tomé una profunda respiración, disfrutando de la facilidad en mis pulmones —por temporal que fuera— y avancé.
Mejor terminar con esto de una vez.
…
En tan poco tiempo, toda el área de ambos eventos había cambiado drásticamente. La decoración había pasado del estilo terroso, cálido y soleado del brunch a una iluminación ambiental cálida, con mesas adornadas con arreglos florales que se integraban perfectamente con el entorno.
Lo primero que debía hacer era reunirme con los Ancianos, pero mis instintos me decían otra cosa. Miré a mi alrededor, buscando a ciegas hasta que mi nariz captó su aroma.
Laia. Natalia.
El tirón en mi pecho fue indescriptible.
Antes no la había notado lo suficientemente rápido, pero cuando lo hice fue justo cuando ella abandonaba el brunch. Había observado en silencio cómo ella y el doctor de la manada se alejaban, del brazo.
Casi perdí el control cuando el dolor se volvió insoportable, clavándose en mí.
Esta vez me aseguraría de que no pasara toda la noche del brazo de Luca. Hablaría conmigo, le gustara o no.
Él no era su compañero. Yo lo era.
Cuando encontré su figura justo al entrar en mi campo de visión, se me cortó la respiración.
Maldita sea.
Llevaba un precioso vestido azul que se ajustaba a sus curvas en todos los lugares correctos. Un collar exquisito brillaba en su cuello y parecía atraer las miradas de todos los rincones.
A pesar de que mis sentidos luchaban dentro de mí, sentí algo agitarse.
¿Orgullo? Eso parecía.
Nunca la había visto más hermosa. Y era mi compañera.
Mía.
Pero entonces apareció él, rompiendo la ilusión.
Quien la acompañaba no era yo, sino el doctor Luca.
Los murmullos se extendieron y vagamente oí a alguien susurrar «pareja perfecta» mientras los miraban. La breve sensación se retorció en mi pecho.
Claro, pensé. Nunca la había acompañado ni aceptado su presencia en este tipo de eventos. Nunca me había puesto a su lado. Pero él sí. Él estaba a su lado con orgullo.
Y probablemente nunca volvería a hacerlo.
Mi terquedad asomó la cabeza. Di un paso hacia ella. A pesar de la distancia, era evidente que aún estaba sintonizada con mi presencia, porque en segundos se giró y nuestras miradas se encontraron.
Se detuvo en cuanto nuestros ojos se cruzaron. Desde la distancia, fue como verlo todo y ambos ojos brillaron con una emoción que no pude descifrar. ¿Qué era? ¿Ira o cálculo?
Su expresión se cerró antes de que pudiera averiguarlo. Se dio la vuelta y desapareció de mi vista con Luca siguiéndola.
Mirando su desaparición entre la multitud, un dolor agudo me golpeó. Solo podía esperar que la maldita medicina de Luca no estuviera perdiendo efectividad tan rápido.
—Alfa Rafael.
Una voz familiar me llamó desde atrás y un brazo se deslizó alrededor del mío. Me tensé y un gruñido escapó de mis labios.
Otra de ellas.
Esta vez era una chica con ojos ámbar brillantes, los labios pintados de rojo oscuro y un vestido n***o con escote pronunciado.
Un intento de verse madura y seductora. Pero seguía siendo solo una niña.
Retiré mi brazo de su agarre, levantando una ceja y curvando los labios en una mueca.
—No tenía idea de que todas se hubieran vuelto tan descaradas —mantuve el tono ligero, pero las palabras fueron gélidas de todos modos. La chica rio nerviosa, con los labios temblando.
—Soy de la Manada Galgo Gris —se inclinó, dejando aún más a la vista su escote. Apenas lo miré, pero a ella no pareció importarle. En cambio, percibí su deleite cuando se acercó más.
—Eres mucho más guapo de lo que pensaba. Las fotos en internet no te hacen justicia —ronroneó, riendo con un tono que me daban ganas de huir.
Tolerar conversaciones vacías era una cosa. Esto… no iba a entretenerlo.
Saqué mi pañuelo y me limpié la mano donde me había tocado.
Inmediatamente sus risitas empalagosas se detuvieron y su rostro palideció. Una leve satisfacción me invadió.
—Veo que la Manada Galgo Gris no te ha enseñado modales, señorita…
—F-Freida —respondió, aclarándose la garganta. Sus mejillas se tiñeron de vergüenza. Estaba a punto de hablar de nuevo, pero yo ya había perdido la paciencia.
Me alejé, con una sola dirección en mente.
Laia.
Afortunadamente no fue difícil alcanzarla, sobre todo porque la gente se apartaba. Pude ver la tensión en cuanto acorté la distancia.
Esta vez no se me escaparía.
Intentó apartar la mirada y dirigirse hacia una esquina, pero el doctor Luca la detuvo antes, rodeándola con el brazo. No supe si estarle agradecido o enfadado por su interferencia.
—Alfa Rafael —saludó con calma, con esa maldita sonrisa serena siempre presente en su rostro.