Fleur y yo partimos sin rechistarme más. Una vez llegamos a la oficina de mi padre, donde ya le había arreglado una pequeña cama, la ayudé a acostarse, asegurándome de que estuviese cómoda y bien abrigada. —¿Tienes frío? ¿Quieres que suba la calefacción? —Estoy bien, solo me preocupa mi hermano. —Estará muy bien. Mi padre va en camino —le enseñé el mensaje que él me había enviado, dejándola más tranquila—. Por ahora duerme que yo te despertaré más tarde. —Trav —ella sujetó mi brazo, impidiendo levantarme—, ¿puedes quedarte un poco más? Al menos hasta que me duerma. —Por supuesto, que luzcas como un mapache no significa que te abandone —ella me dio un suave zape en el brazo, pero enseguida me acarició donde me pegó—. ¿Segura no necesitas nada más? —Sí, quiero un abrazo, pero no te apr