El sol de la tarde se filtra entre las hojas de los robles centenarios del jardín, dibujando mosaicos de luz y sombra sobre el césped inmaculado. Sentada en cojines del sillón de hierro forjado que ha visto muchos amaneceres, respiro profundamente el aire que huele a tierra húmeda y a las rosas silvestres que trepan por el enrejado. Es un día glorioso, de esos que te hacen sentir una paz profunda, un respiro en la turbulencia constante de la vida que hasta hace poco había llegado a dominar mi existencia. A mi lado, Vivian sostiene su portátil. Sus dedos teclean con una familiaridad que denota horas de dedicación a esta tarea. Estamos inmersas en la bendita —o maldita— tarea de seleccionar el mobiliario para la casa que Azrael y yo estamos a punto de compartir. La idea de un espacio comple

