El espejo me devuelve una imagen que apenas reconozco. No por el maquillaje —suave, casi inexistente—, ni por el vestido sencillo que elegí para la oficina, sino por la expresión que llevo en el rostro. Hay algo distinto en mis ojos, una serenidad que hacía años no veía ahí. Como si, después de tanto tiempo, las piezas que había dejado esparcidas por todas partes empezaran a encajar, sin esfuerzo. Cepillo mi cabello y lo sujeto en un moño bajo. El aire de la habitación está impregnado con el olor del perfume que acabo de aplicar y el sonido lejano del reloj del pasillo marca un compás tranquilo. Todo parece... normal. Y lo normal, después de las últimas semanas, se siente casi milagroso. Estoy por ponerme los pendientes cuando escucho un golpe suave en la puerta. —¿Tía Prisca? La voz d

