Emma, que estaba acomodando las cosas en la mesa, se detuvo apenas.
—¿Qué pasa con él?.
—¿Sabe que estas aquí?, cuidándome —respondió él, con ese tono seco.
Emma lo miró de reojo.
—No. Pero no importa, no hay porque molestarse.
Silencio.
Elías soltó una risa breve, sin gracia.
—Claro, porque somos amigos ¿No?.
Emma frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada —repitió, pero esta vez sonó peor—. Ahora te conozco un poco mejor, te gusta ocultar las cosas que te dan vergüenza.
Ahí estuvo.
Emma dejó lo que tenía en la mano.
—No estoy ocultando nada.
Elías asintió, pero no convencido.
—Ajá.
Ese “ajá” fue suficiente.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, ahora sí mirándolo de frente. —¿Por qué actúas así?, ¿Acaso te hice algo?.
Él le sostuvo la mirada un segundo.
—Ese tipo no te conviene, abre los ojos de una ve,.
Emma exhaló, conteniéndose.
—No puedes hablar en serio.
—Si lo hago.
—No lo conoces.
Elías se incorporó con esfuerzo, la ira y la debilidad mezclándose en su pecho.
—Solo es un chico con vicios que te lleva a hoteles de mala muerte. Te mereces algo mejor que eso
Emma se cruzó de brazos, soltando una risa amarga.
—¿Ah, sí?. No tienes derecho a decirme con quién salir, y ya te dije a que fuimos a ese hotel.
Elías se quedó sin palabras. La verdad de Emma era un golpe más contundente que la fiebre. Se miraron en el silencio de la habitación, con la tensión vibrando en el aire. Él quería gritarle que la amaba, que el miedo a olvidar a Sara lo estaba matando, pero que verla con Javi era un dolor que no podía soportar.
—Soy policía, Emma —respondió él, dando un paso más, invadiendo su espacio personal—. Llevo años viendo a tipos como él. Sé cuándo alguien no vale la pena, sé leer a la gente y él solo es un tipo que busca pasar el rato. Tú no eres para “pasar el rato”.
Emma soltó una risa seca, incrédula.
—¿Y tú qué sabes? ¿Ahora eres experto en relaciones?... Vuelve a la cama Elías. Todavía tienes fiebre —le ordenó ella, aunque su voz temblaba.
—Me importa un bledo la fiebre —soltó él, acortando la distancia—. Tu novio de pacotilla es un idiota.
—No vuelvas a decir eso —dijo ella al final, firme.
Elías se quedó demasiado serio.
—¿Por qué? ¿Por qué lo defiendes?, ¿Te gusta tanto?.
—Sí —respondió ella, sin dudar.
Eso le pegó, se notó en su rostro que ya no se molestaba en disimular.
—Apenas y lo conoces.
—¿Y?.
El silencio se volvió, más tenso.
—¿Sabes qué? —añadió ella, un poco más fría—. No tengo que explicarte nada.
Elías la miró fijo.
—Pues deberías pensar mejor con quién te metes.
Y ahí… Emma se cansó, no precisamente de él, si no de la situación, de no entender porque actuaba a la defensiva.
—¿Por qué te importa tanto? —preguntó ella.
Elías se quedó callado, no tenía una respuesta que pudiera decir en voz alta.
—Deja de actuar como si…—Emma no pudo continuar, así que se quedó en silencio.
Emma tomó aire, más calmada… pero más lejos, no quería pronunciar la palabra celos, Elías no podía estar celoso ¿No?, después de todo, él seguía amando a Sara.
—Me quedé porque estabas mal —añadió—. No para esto— dijo ella dirigiéndose a la sala, lista para marcharse.
Emma intentó pasar por su lado, buscando escapar de la intensidad de su mirada.
Pero él no la dejó ir. En un movimiento rápido y firme, la sujetó del brazo, no con fuerza para lastimarla, sino con la urgencia de quien se aferra a un salvavidas. La atrajo hacia él, eliminando cualquier centímetro de aire que quedara entre los dos.
—No te vayas —susurró él contra sus labios. —Ya es suficiente.
La voz de Elías salió más firme de lo que se sentía.
—¿Suficiente qué? —preguntó, confundida, conteniendo el aliento, sintiendo el roce suave y ligero de sus labios cerca de los suyos.
—Deja de hacer eso —dijo él, con la voz baja y tensa.
Emma lo miró, completamente descolocada.
—¿Hacer qué?.
—Esto… —murmuró, sin soltarla—. Como si nada. Como si… —se detuvo, frustrado—. Como si no pasara nada.
Emma frunció el ceño.
—No sé de qué estás hablando.
Y era verdad, ella en verdad no sabía que le estaba pasando a Elías.
—Deja de jugar, Emma.
—¿Jugar? —repitió ella, incrédula—. Elías, yo no estoy…
No terminó la frase.
Porque él tampoco lo soportó más.
La besó.
Fue un beso cargado de todo lo que no se habían dicho en esas semanas: de la soledad de las ultimas mañanas, de los celos amargos, de la gratitud por sus sonrisas y de la culpa por el silencio. Fue un beso hambriento, un poco desesperado, donde Elías finalmente dejó caer todos sus muros.
Emma se quedó rígida un segundo, sorprendida por la calidez y la fuerza del contacto, pero pronto sus manos subieron al cuello de él, aferrándose a su camiseta gris, respondiendo con la misma intensidad. El mundo exterior, desapareció. Solo quedaba el calor de aquel lugar y el latido desbocado de dos personas que, por fin, hablaban el mismo idioma.