Capítulo 18. Una mala persona.

1265 Palabras
Cuando se separaron apenas unos milímetros, Elías apoyó su frente contra la de ella, respirando agitado, aquello había sido, perfecto. —No vuelvas con él —le pidió en un susurro ronco—. Por favor. Emma lo miró, viendo por primera vez al hombre detrás de aquella oscuridad, vulnerable. La fiebre de Elías parecía haber mutado. Ya no era el calor de aquel virus, sino un calor eléctrico que nacía del contacto con la piel de Emma. —Yo…Elías, no sé… —Emma, no me digas que no sientes lo mismo que yo, se honesta, y yo también lo seré. —Si, por supuesto que me gustas, pero tu dijiste que…amas a… —Sé lo que dije y sé como sonó, pero esto que siento contigo, también es real, ¿Qué se supone que debo de hacer con eso Emma?, no puedo solo ignorarlo, me pone celoso verte con ese tipo, quiero abrazarte y besarte— dijo Elías sujetándola del rostro y respirando el mismo aire que ella. —Soy un desastre, pero voy a solucionarlo, dame solo una oportunidad. Emma lo miró directo a los ojos y esta vez fue ella quien lo besó en los labios. Los brazos de Elías eran fuertes y ella se sentía realmente bien, jamás fue su intención enamorarse de su vecino, ella misma se sorprendió una mañana, ansiosa por verlo llegar, y lo supo al verlo, supo que estaba hundida hasta el cuello en aquel sentimiento. Elías la guio hacia la cama, sin romper el beso ni un segundo. Sus manos, grandes y seguras, buscaban la calidez de Emma como si fueran la única ancla en medio de una tormenta. —Elías... espera —susurró ella entre besos, tratando de recuperar el aliento mientras sentía el colchón bajo su espalda—. Tienes que guardar reposo. Todavía estás enfermo... Él se detuvo apenas a unos milímetros de su rostro, mirándola con una intensidad que hizo que a Emma se le olvidara cómo respirar. Sus ojos oscuros, generalmente fríos y distantes, ahora ardían con una honestidad brutal. —No me importa el reposo, Emma —dijo él con la voz ronca, una vibración profunda que ella sintió en el pecho —He intentado luchar contra esto, he intentado convencerme de que no podía volver a sentir nada, pero ya no puedo más. Te quiero a ti. Aquí. Ahora. Emma no necesitó más razones. Sus manos se enredaron en el cabello de Elías, atrayéndolo hacia ella. La tensión que se había acumulado durante semanas de cafés compartidos, de miradas robadas y de celos silenciosos, explotó en una noche de entrega absoluta. Elías se sacó la camisa dejando al descubierto esos músculos que parecían de acero, Emma no pudo evitar tocarlo, su piel estaba caliente, siempre lo imaginó, y era mucho mejor de lo que pensó, tenía unos tatuajes en el pecho y unos pectorales qué la hicieron sentir calor en el rostro. Elías la amó con una mezcla de desesperación y ternura, como si cada caricia fuera una disculpa por el tiempo perdido y cada beso una promesa de que, a partir de ahora, el silencio de su vida sería reemplazado por ella. A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba suavemente por las persianas del dormitorio de Elías. Él abrió los ojos y, por primera vez en años, no sintió el peso opresivo de la melancolía al despertar. Se sentía ligero. La congestión se había ido y la debilidad en sus músculos había sido reemplazada por una energía renovada. Se giró lentamente y vio a Emma dormida a su lado, con el cabello desparramado sobre la almohada y una expresión de paz absoluta. Estaba allí. No era un sueño febril. Elías estiró la mano y le acarició la mejilla con el pulgar. Increíblemente, se sentía mucho mejor. Quizás era el efecto de los medicamentos, o quizás era que, al dejar salir todo lo que tenía guardado, su cuerpo finalmente había encontrado la paz necesaria para sanar. Emma se removió al sentir la caricia en su rostro, pero se negó a abrir los ojos. —¿Quieres café?—Preguntó Elías. —Mmm, si por favor, ¿Te sientes mejor?. Elías le dio un beso en la frente. —Si. De pronto, el sonido del timbre de la puerta principal resonó en el apartamento, rompiendo la magia del momento. Emma se removió, abriendo los ojos de golpe y miró la hora. —Carajo— dijo poniéndose de pie y buscando su ropa. —No espero a nadie— dijo Elías vistiéndose con calma. —¡Emma!, ¿Estas ahí?. La voz de Javi hizo que ambos miraran hacia la entrada, Emma fue por su teléfono, tenía diez llamadas perdidas de su novio, le había dicho que estaba con el vecino porque estaba enfermo. Javi había dicho que pasaría temprano. Elías se tensó. Pero se recompuso rápido y caminó hacia la puerta, pero antes de abrir, Emma lo detuvo de golpe. —No, espera— susurró. —No puede enterarse así. —Es mejor que lo sepa ahora. —Elías. Elías abrió la puerta y quedó frente a Javi quien sonrió de mala gana. —Buen día, ¿Emma esta aquí?, es que no esta en su departamento y no responde las llamadas así que creí que… Emma salió de detrás de Elías y respiró hondo. —Javi. —¿Qué esta pasando aquí?—Preguntó Javi al ver que ambos parecían recién levantados. —Javi, tenemos que hablar…No se como decirlo sin lastimarte así que solo lo diré. Esto no va a funcionar. Tenemos que terminar. —¿Qué?, ¿De que hablas?, ¿Hice algo mal?, si es así, lo siento yo… —No, no es eso, no hiciste nada mal, fui yo, lo siento, no era mi intención. Javi miró a Elías y luego a Emma, entonces todo encajó. —¿Te acostaste con él?. —Javi. —¿Te acostaste con él?, eres una… Elías lo empujó sin afán de lastimarlo y levantó un dedo. —Más te vale que cuides lo que dices. —Emma, ¿Cómo pudiste?, sabías lo que siento por ti. —En verdad lo siento— dijo Emma. —¿Y es todo?, ¿Es todo lo que dirás?, me engañaste con tu vecino. —Oye, no hagas esto mas difícil— dijo Elías conservando la calma. Javi los miró ambos, no iba a iniciar una pelea, Elías era mas alto y se veía que se ejercitaba, además, era policía. —Váyanse al carajo los dos. Javi pateó con furia una de las macetas del pasillo mientras maldecía y solo se marchó. Emma exhaló un suspiro de alivio que le recorrió todo el cuerpo. —Soy una mala persona— dijo ella mirando su pobre planta regada en el suelo. Elías no perdió ni un segundo más. La envolvió en sus brazos con una urgencia que lo consumía por dentro. El tiempo que había pasado en el desierto de la soledad, el duelo contenido por Sara y los años de abstinencia emocional lo tenían al límite de su resistencia. La besó con una pasión salvaje, casi desesperada. —Eso no es verdad, si no es capaz de entenderlo, es su problema, no el tuyo, tal vez no fue la mejor manera, pero estas siendo honesta, esto es mi culpa, así que ya no te mortifiques más. Elías la llevó de vuelta a la cama. Aquella mañana, el oficial Thorne se encargó de dejar claro que el invierno había terminado y que ya no estaba dispuesto a soltarla nunca más.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR