Capítulo 20. Matrimonio.

1340 Palabras
[Últimos capítulos] (Unas semanas después…) Emma caminaba hacia el edificio con una bolsa de víveres en una mano y las llaves en la otra. El sol comenzaba a caer, bañando la calle de un naranja intenso. Unos metros atrás, un chico joven y de sonrisa agradable la seguía. —¡De verdad, mil gracias! —dijo Emma con una sonrisa girándose hacía él —. No sé qué habría hecho si no te detienes. —No fue nada, de verdad. Antes tenía un auto igual y se me quedaba en todos lados, se lo que se batalla —respondió el chico. —Si, tengo que cambiarlo, pero es mi primer auto, lo amo. Aquel chico sonrió. —Entiendo. Emma suspiró aliviada, pero al girarse hacia la entrada del edificio, su corazón dio un vuelco. Elías estaba allí, de pie, con el uniforme impecable y los brazos cruzados. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra. Hoy debió llegar mas temprano, Emma tragó saliva y sonrió. —Bueno, gracias. —De nada, que tengas una linda noche. Emma se apresuró a encontrarse con Elías, él miraba sobre su hombro y luego sus ojos se posaron en ella. —¿Quién es ese? — fue lo primero que soltó. —Me ayudó con el auto—respondió Emma, intentando mantener la ligereza—. Se me quedó a unas cuadras y él se detuvo a revisarlo. Elías no se movió. —¿Y se ofreció a acompañarte hasta aquí?. —A, no, fui yo la que le ofreció traerlo, me dijo que vive en los edificios de atrás, así que le di un aventón, como agradecimiento, quería pagarle, pero no quiso mi dinero. —La “gente amable” no existe, Emma. Menos en esta ciudad. Nadie se detiene por nada a menos que quiera algo a cambio. —Solo fue un buen gesto, Elías… —No debes dejar que cualquier desconocido se suba a tu auto, y mucho menos que te siga hasta tu dirección, ¿Y si te hubiera echo algo?—la interrumpió él, elevando la voz. —. ¿Por qué no me marcaste a mí? ¿Para qué tienes mi número si no es para estas cosas?. Emma bajó la mirada, sintiéndose repentinamente pequeña. —No quería molestarte… sabía que estabas en el trabajo y él parecía amable … —¿Molestarme? —Elías soltó una risa amarga—. Prefieres arriesgarte con un extraño antes que “molestar” al hombre que duerme a tu lado, ¿Qué crees que eres para mí?. Sin decir más, Elías se dio la vuelta. A pesar de que llevaban varias noches seguidas quedándose juntos en el apartamento de Emma, él caminó directo hacia el suyo y cerró la puerta con un golpe seco que resonó en todo el piso. Emma se quedó sola, con las bolsas pesándole en las manos y una opresión en el pecho. Sabía que Elías estaba exagerando, pero también entendía que su miedo venía de un lugar de profundo cuidado. Media hora después, el aroma a pasta recién hecha con albahaca inundó el pasillo. Emma, con el corazón latiendo a mil, tocó suavemente a la puerta de Elías. Él abrió después de un momento; se había quitado la camisa del uniforme y se veía cansado, con la guardia todavía alta. —Hice tu favorita —dijo ella en voz baja, ofreciéndole el plato—. Y… lo siento, de verdad. Tienes razón, debí llamarte a ti. No quise excluirte, solo quería ser autosuficiente, pero entiendo por qué te pusiste así, prometo que…la próxima vez te llamaré, fui descuidada, perdón. Elías miró el plato y luego a Emma. Verla ahí, con esa sinceridad en los ojos y el esfuerzo por reconciliarse, derrumbó su armadura. Soltó un suspiro largo, dejando salir toda la rabia acumulada. —No puedo enojarme contigo, Emma… —susurró, dejando el plato en una mesa cercana y rodeándola con sus brazos—. Me aterra que te pase algo. Me vuelve loco pensar que no estoy ahí para protegerte. La atrajo hacia sí con una urgencia que mezclaba el arrepentimiento y el deseo. Se besaron con una intensidad que borró la discusión del pasillo. Esa noche, en la penumbra del apartamento de Elías, el conflicto se transformó en entrega. Hicieron el amor con una ternura desesperada, reafirmando que, a pesar de los celos y los miedos, no había otro lugar en el mundo donde quisieran estar más que el uno con el otro. …….. Vanesa miraba a Emma con una sonrisa en el rostro. —No puedo creerlo, estas enamorada realmente ¿No?—Preguntó Vanesa. Emma la miró y sonrió. —Si, es que, él es tan…lindo conmigo, siempre esta ahí, y no tengo que pedírselo, cielos, si lo amo. —Me doy cuenta, ¿Cuándo vas a presentárselo a tus padres?. —Estoy nerviosa—Confesó Emma. —¿Por lo que les dijiste?. Emma asintió. —Nunca les he presentado a ningún hombre. —¿Cuál fue la promesa que le hiciste a tu padre?. —Que el hombre que le presentara algún día, sería con quien voy a casarme. —¿Y crees que Elías sea ese hombre?. —Si, pero….no sé si él quiera casarse algún día sabes. —Pues pregúntale. —Es que, no quiero sonar demasiado intensa, tal vez él no quiere volver a comprometerse y yo lo entiendo, así que, solo voy a esperar, además, tenemos poco tiempo de novios. Vanesa suspiró. —Pues dile a tus padres que vivirás en unión libre, eso esta de moda hoy en día. Emma solo tragó saliva. —Ya veremos después, por ahora estamos bien. —Solo digo que, le hagas saber que tu vas enserio. Emma sonrió. —Elías no es ese tipo de hombre, él, todo lo toma muy enserio, créeme. —Yo me casé con mi esposo después de dos semanas de novios, y míranos, llevamos ocho años juntos, no me arrepiento. —Este domingo conoceré a sus compañeros de trabajo, estoy nerviosa, pero eso es bueno ¿No?. Vanesa asintió. —Es bueno. …… Aquel domingo por la tarde, Emma caminaba agarrada del fuerte brazo de Elías. Llegaron a una hermosa casa, fueron recibidos por el superior de Elías, el sargento Duaine. Un hombre mayor y de facciones duras. Fueron llevados hasta el jardín, el cual estaba lleno del aroma a carbón y carne asada. Elías estaba vestido de civil pero con esa postura firme que lo caracterizaba, caminaba con una mano posesiva pero suave en la cintura de Emma. Ella era un rayo de sol: llevaba un vestido ligero de colores vibrantes que la hacían ver llena de vida. No pasó ni media hora antes de que Emma se ganara a todos. Mientras los hombres se amontonaban alrededor de la parrilla con una cerveza en mano, ella ya estaba ayudando a las esposas a organizar las ensaladas, riendo a carcajadas con ellas. Su alegría era contagiosa. —Emma es todo un amor —dijo la esposa del sargento mientras llevaba una bandeja a la mesa de jardín. Elías se sintió complacido, ya sabía que ella iba a agradarles, Emma era así, tenía esa facilidad de congeniar con las personas. Verla así, integrándose a su mundo con tanta facilidad y siendo adorada por sus colegas, le inflaba el pecho de orgullo. Su superior, se le acercó y le dio una palmada en el hombro. —Ya nos hacías falta en estas reuniones. Elías asintió en silencio, viendo cómo Emma gesticulaba animadamente mientras contaba una historia. En ese momento, la sombra de la duda que siempre lo perseguía se disipó. Por primera vez en años, la palabra “matrimonio” no le pesó en el estómago como un ancla, sino que se sintió como un puerto seguro. Se dio cuenta de que quería despertar con ese color y esa risa todos los días de su vida. El anillo, que antes veía como un chiste amargo, ahora le parecía el paso más lógico y natural.
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