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1357 Palabras
León —¿Sí? —Contesté la llamada en cuanto la puerta se cerró tras de mí. Mateo ya se acercaba, pero le hice un gesto para que se alejara, indicándole en silencio que vigilara la ventana mientras yo me dirigía al balcón al final del pasillo. Necesitaba aire fresco, no por la llamada, sino porque la imagen de los labios de Isabella, la forma en que había comido las rodajas de manzana y los gestos sutiles e inconscientes que hacía mientras le daba de comer me habían encendido la sangre. Maldita sea. —¿Dónde estás? —La voz de Margaret interrumpió mis pensamientos, recordándome que había estado hablando con ella por teléfono todo el tiempo. —¿Dónde crees? En el hospital, claro —respondí, intentando controlar mi voz aunque mi cuerpo me traicionaba: el calor me subía por el cuello, sentía el pecho oprimido y la respiración entrecortada. ¿Cómo podía moverse con tanta naturalidad, con tanta soltura, mientras yo ardía por dentro al verla? Y ese leve lamido de sus labios cuando la sopa la tocó… j***r, todavía podía verlo. —Antonia sigue aquí —dijo Margaret, y la mención de ese nombre me amargó el ánimo al instante. ¿Por qué ahora? ¿Por qué había elegido este momento para recordarme a esa mujer tan odiosa? —¿Y qué? —pregunté, intentando mantener la voz neutral, aunque mis dedos ya se apretaban en puños—. Sigue enfadada por cómo la trataste en el hospital. Te dije que Liam le tiene cariño, ¿por qué hiciste eso? Nuestro acuerdo era que te comportarías como Liam, sin añadir ni quitar nada. Pero cargar con Isabella, despedir a dos enfermeras por su culpa, sacar a Antonia a rastras… ¿Qué te pasa? —Para empezar, tengo que recordarte algo: no soy Liam. Puede que Liam le tenga cariño; yo no. No esperes que imite sentimientos que no tengo. Liam tiene amantes. ¿Acaso tengo que acostarme con ellas solo porque lo estoy suplantando? —Yo no te pedí eso. Pero Antonia es diferente… debes… —Antonia es lo peor. Solo verla me dan ganas de estrangularla. Pensé que podría ignorarla, tolerarla como lo haría Liam, pero la jugada que hizo hoy, usando mi nombre para humillar a Isabella, fue la gota que colmó el vaso. Si te importa, deja claro que se mantenga bien lejos de mí. —Pero si arruinas su relación con Liam, ¿qué pasará cuando regrese? ¿O esperas que no regrese? —La voz de Margaret tembló ligeramente, mezclando ira y miedo. Sabía la verdad: la naturaleza decidiría el regreso de Liam, no ella. Ni yo. —Olvida tu lugar. No gano nada con este arreglo. Si no fuera por la insistencia de la abuela, ¿estaría yo aquí? Piénsalo. “Pero el trato es… cuando Liam regrese, serás reconocido oficialmente como nuestro hijo. Eunice podría transferirte sus propiedades, y el vínculo con la empresa sería su participación del cinco por ciento. Si lo haces bien, podría añadir un tres por ciento más y un puesto importante en la empresa, además del apellido Branston. Es un trato sólido. ¿Por qué actúas como si no tuvieras nada que ganar?” Casi me río. Tres por ciento. Un título elegante. Mírala, intentando parecer invencible, como si no me necesitara más de lo que yo la necesitaba a ella. ¿Tres acciones? ¿En serio? Liam, por supuesto, volvería a su puesto de director ejecutivo, con el cuarenta por ciento de la empresa junto con Thomas y Margaret, mientras que a mí —el gemelo— solo me ofrecerían tres acciones y un «buen puesto». Para ella, era el trato perfecto, con el apellido Branston incluido. No estaba del todo equivocada. Hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por una promesa así. Hubo un tiempo en que me habría arrodillado, suplicándole, agradeciéndole simplemente por permitirme llevar el apellido Branston. Pero ese tiempo había quedado atrás, enterrado en el pasado. Ahora, no quería el apellido Branston; no quería unas míseras acciones del imperio. Lo quería todo: cada propiedad, cada bien que pertenecía a los Branston. Su mayor error fue ponerme en una posición en la que podía hacer precisamente eso. Pero ella no tenía por qué saberlo. No tenía por qué sospechar nada. Exhalé lentamente, fingiendo resignación ante sus palabras, ocultando mis verdaderas intenciones. «Bien», dijo con aire de suficiencia, como si la victoria fuera suya. «Ahora llama a Antonia. Intenta enmendar las cosas: cómprale un regalo, reserva un viaje, haz algo que la tranquilice. Liam no querría que te acostaras con ella, pero demuéstrale que te importa. Es sencilla; no te costará mucho». —Bien —murmuré, cada vez más irritada, con ganas de terminar la llamada—. —En cuanto a Isabella —continuó—, Antonia se pasó de la raya con la orden de aborto, pero si Liam estuviera aquí, habría hecho lo mismo. Y no se habría enfadado. La trataste bien, organizaste el seguimiento; eso es lo mejor que Liam habría hecho. Así que no te excedas. Pero tu ternura la preocupa; tuve que mentir sobre tu conmoción cerebral para que no le diera vueltas al asunto. Tú, en cambio, no le das motivos para preocuparse. A Liam no le importa; puedes pegarle, regañarla, lo que sea, pero no seas amable y no te enamores. Apreté los puños con más fuerza. ¿Enamorarme? ¿Cómo se atreve a decirme eso? ¿Cómo se atreve a intentar controlarme cuando lo único que quiero es a ella? Mi Isabella. Quería destruir a cualquiera que se atreviera a hablar así de ella. ¿Cómo podía ignorar que yo ya había caído, mucho antes de que ella siquiera supiera de su existencia, antes de que Liam me la arrebatara? «Bien», dije, terminando la llamada, y dejé caer mis manos sobre la barandilla del balcón. El sol se ponía, tiñendo el horizonte de dorado y carmesí. Mi mente divagó hacia Isabella: abrazándola bajo ese sol, besándola, respirando su aroma hasta que se convirtiera en el aire que necesitaba. ¿Llegaría algún día ese día? Sí. Tenía que llegar. Lo haría posible. Isabella es mía. Liam solo me la robó, pero es mía. El tiempo y la paciencia serían mis herramientas. La sanaría, la restauraría, la haría florecer de nuevo, y cuando llegara ese momento, ningún hombre la tocaría jamás. Sería solo mía. Le susurré al atardecer, más para mí que para nadie: «¿Verdad, Isabella? Serás mía, ¿no?» Me humedecí los labios, recordando la suave calidez de su mejilla bajo mi pulgar. La forma en que había tomado cada rebanada de conejo de mi mano había despertado algo primitivo, algo posesivo en mí. Me pregunté, en silencio, cómo reaccionaría si extendiera el mismo control cuidadoso y deliberado a otro lugar, si la guiara con la misma paciencia e intensidad. ¿Lo aceptaría? ¿Se resistiría? Me detuve y descarté mentalmente esos pensamientos. Paciencia, Leon. Acaba de abortar. La paciencia tiene su recompensa, y yo había esperado toda mi vida. Cada pizca de contención ahora haría que el momento en que la reclamara fuera aún más embriagador. Volví la vista hacia el horizonte, el viento rozando mi rostro, e imaginé el día en que finalmente confiaría plenamente en mí. No solo en la obediencia que podía exigir, no solo en la atención minuciosa que podía forzar, sino en su corazón entrelazado voluntariamente con el mío. Ese día llegaría. Yo me aseguraría de que así fuera. Hasta entonces, la cuidaría, controlaría las circunstancias y le brindaría pequeñas alegrías —conejitos de manzana, sopa caliente, gestos suaves— mientras mantenía la tormenta bajo la superficie. Ella solo vería lo que yo le permitiera, y cada momento de ternura le recordaría que yo tenía el control, que ella era mía y que su mundo sería tan oscuro o tan luminoso como yo decidiera. Y en el fondo de mi mente, mientras la última luz se desvanecía, susurré una promesa: ningún hombre la tocará jamás, nadie la lastimará jamás, y cuando llegue el momento, volverá a florecer, y solo para mí.
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