Isabella
Estuve tres días en el hospital en cuidados intensivos porque Liam lo ordenó. Aunque la orden me tomó por sorpresa, no tuve más remedio que aguantar. Nancy no mentía: Liam realmente les había revocado la licencia a Nina y Meredith. Digan lo que digan, me niego a creer que todo fue por mí. ¿Por qué ahora? No era la primera vez que me maltrataban; de hecho, todos los enfermeros y médicos de este hospital me habían tratado como si no valiera nada, como basura. Si Liam de verdad quería calmarme, debería haberlos despedido a todos. Pero como no lo hizo, era lógico suponer que Nina y Meredith simplemente lo habían sacado de quicio y las castigó como correspondía.
Para Liam, cualquiera que lo ofenda recibe un castigo. Lo sé mejor que nadie.
Sin embargo, no puedo mentir. Los tres días que pasé en el hospital fueron los más tranquilos —y a la vez los más angustiosos— que jamás había vivido. Si tosía, un médico aparecía casi de inmediato para revisarme. Las enfermeras me atendían como si fuera la esposa de su jefe —que, en realidad, lo soy—, pero ahora, por alguna razón, me trataban con respeto en lugar de desdén.
De entre todas las cosas extrañas, el comportamiento de Liam era lo que más me inquietaba. Me visitaba con una frecuencia estricta: por la mañana antes del desayuno, solo para darme de comer; al mediodía, para darme de comer de nuevo; y por la noche, para cuidarme mientras cenaba. Se duchaba, se sentaba en el sofá y trabajaba en cualquier asunto pendiente que requiriera su atención. Por muchas preguntas que quisiera hacerle, cada vez que me miraba, mis palabras se quedaban congeladas a mitad de la frase, atrapadas entre mi mente y mi lengua.
Y así, durante tres días completos, compartí el hospital con él, comportándonos como una pareja enamorada. Es curioso, la verdad, cuando lo pienso, teniendo en cuenta que estaba en el hospital por su culpa. Antonia nunca nos visitó, y a diferencia de antes, cuando me topaba constantemente con Liam hablando por teléfono con ella, estas tres noches transcurrieron sin que él hablara con ninguna otra mujer que no fuera su madre.
Me guardé mis sospechas. Con el tiempo, he aprendido a guardar silencio y hablar solo cuando es necesario. Aunque estábamos en la misma habitación, la conversación fue mínima, y aunque apenas podía soportar su presencia, el silencio se volvió extrañamente reconfortante. Contra toda lógica, fue un alivio, un respiro de la tensión constante.
Justo cuando terminé de empacar mi bolso, preparándome para bajar a recepción a darme de baja, el sonido mecánico de un código de acceso resonó en la habitación, seguido del familiar clic de la puerta. Entró Liam.
Vestía un jersey de cuello alto n***o, combinado con pantalones blancos impecables. Su cabello estaba peinado hacia atrás a la perfección, y sus penetrantes ojos azules parecían más agudos que nunca. Las gafas de montura negra que enmarcaban su rostro lo hacían parecer aún más meticuloso, reflexivo e increíblemente atractivo. Últimamente lo he visto con distintos estilos de ropa, y cada vez, sentía como si lo viera por primera vez. En ese momento, se veía elegante, sexy e innegablemente guapo, tan diferente del temible y arrogante director ejecutivo que solía ser con sus trajes. Parecía peligroso, pero de una manera que me revolvía el estómago.
—¿Te gusta lo que ves? —Su voz, tranquila pero burlona, me recordó que lo había estado mirando fijamente.
Me aclaré la garganta, sintiendo que me sonrojaba. Aparté la mirada de inmediato, avergonzada, como si mi mirada persistente pudiera delatar algún pensamiento secreto. Nunca lo había observado con tanta atención. No había habido motivo para hacerlo; era el mismo todos los días, inmutable. Sin embargo, hoy, verlo me hizo olvidarme de mí misma, me aceleró el corazón y me hizo perder la razón.
Una leve risita se le escapó antes de que se acercara y tomara mi bolso de la cama. El extraño hombre que siempre parecía acompañar a Liam la había traído ayer al entregar el almuerzo, y Liam me había pedido que la guardara hoy. Se colgó la bolsa al hombro, con una actitud desenfadada de estudiante-profesor que lo hacía ver inesperadamente guapo.
Una mirada que debería haber parecido inofensiva, pero que en cambio me provocó una opresión en el pecho con emociones encontradas.
Negué con la cabeza enérgicamente, intentando alejar ese pensamiento. Era guapo, sí, pero no lo suficiente como para cautivarme de esa manera. No me permitiría pensar en él así. Ni ahora. Ni nunca.
—¿Estás bien? ¿Debería llamar al médico? —Su voz me devolvió a la realidad. La preocupación en su rostro era real, sincera y terriblemente personal.
La inquietud que transmitía, la atención que mostraba, me asustaban y me inquietaban. Me había acostumbrado al miedo —un miedo constante y punzante—, pero esta… calidez era diferente. Peligrosa. ¿Y si solo era temporal? ¿Y si, en el momento en que sanara la conmoción cerebral, volviera el Liam que yo conocía —el capaz de crueldad, el que ordenó mi aborto—? ¿Y si, justo cuando empezaba a confiar en esa ternura, me la arrebataran, dejándome vulnerable y destrozada?
Me encontré rezando en silencio por su recuperación, pero no como se reza por seguridad. Recé por la fuerza para soportar lo que inevitablemente vendría. Recé para sobrevivir a la tormenta de sus cambios de humor cuando regresaran.
—Isabella, respóndeme —su voz interrumpió mis pensamientos, cargada de una tensión que sentía en los huesos—.
—Estoy bien. No me pasa nada —murmuré, intentando sonar firme, aunque mis manos temblaban ligeramente—.
—¿Estás segura? ¿Debería llamar a un médico? ¿O prefieres quedarte unos días más?
—No será necesario. Necesito volver al trabajo. Eso es… si todavía tengo uno —añadí, la idea golpeándome como una ola de frío. Cuatro días de ausencia, permiso no autorizado… seguro que me castigarían. Se me revolvió el estómago al pensarlo—.
—¿Por qué dices eso? “No pedí permiso y falté cuatro días. No es la primera vez, y será la última vez que me den una advertencia. Mañana, sin duda, me despedirán.” Susurré esas palabras para mí misma, pero se me escaparon en el aire entre nosotros.
¿Por qué le estaba explicando esto? Él no tenía nada que ver con mi trabajo. No llamaría a mi director general. No haría lo imposible por mí. ¿Por qué siquiera esperaba eso?
“Ya veo”, respondió simplemente.
Me quedé helada. ¿Eso era todo? ¿Ni sermón, ni consuelo, ni tranquilidad? ¿“Ya veo”?
El silencio me golpeó como una bofetada. Había esperado algo, cualquier cosa, pero la fría indiferencia de sus palabras solo me recordó mi realidad. Era un peón, una posesión, un juguete en su mundo. No una persona a la que cuidar o proteger más allá de sus caprichos. Me mordí el labio, intentando contener mi frustración. ¿Por qué seguía deseando su cariño, su atención? Lo despreciaba por lo que había hecho, pero una parte de mí, la más débil, la anhelaba. Hambrienta de atención, me permitía esos momentos de autoengaño, solo para ser devuelta a la realidad con el frío tajante sonido de su voz.
Caminé hacia la puerta, resistiendo la tentación de girarme y ver si me seguía. ¿Por qué permitía que me afectara así? Días sin sus reproches, sin su dureza, me habían vuelto valiente, pero imprudente. Necesitaba recuperar el control. Necesitaba regresar al mundo que conocía, el único mundo donde podía sobrevivir.
Me detuve justo antes de llegar a la manija, dudando. ¿Por qué estaba enojada con él por no decir lo que quería oír? ¿Por qué sentía el pecho oprimido por la añoranza y la frustración a la vez?
Despierta, Isabella. No dejes que vea la debilidad que sientes. No lo saques de quicio. Me hice a un lado, con la cabeza gacha, y alcancé a ver sus zapatos lustrados. Se detuvo frente a mí, silencioso, imponente, observándome. Me negué a mirarlo a los ojos. Pronto, las puertas del hospital se abrirían y la realidad del mundo exterior, del trabajo, de la supervivencia, me engulliría por completo.
Pero por un instante fugaz, me permití sentir el peso de su presencia. La calidez, el peligro, la confusión que conllevaba estar cerca de él... era embriagador. Y lo odié todo.
Sin embargo, a pesar de todo, sabía una cosa con absoluta claridad: cuando esto terminara, cuando volviera a salir al mundo, llevaría conmigo el recuerdo de estos tres días. Una mezcla de miedo, admiración y el doloroso anhelo de una versión de Liam que no sabía que existía, pero a la que no podía resistirme. Y al abrir la puerta y entrar en el pasillo, me di cuenta de que nada —ni el trabajo que me esperaba, ni el cruel mundo exterior— podría borrar la extraña y profunda huella que había dejado en mí durante este breve y peligroso respiro.