Cuando le propuse almorzar, sabía exactamente adónde quería llevarla. Quería que el primer almuerzo oficial con mi novia —Dios, cómo amo decirlo en mi cabeza— fuera en un lugar que no tuviera nada que ver con los restaurantes ostentosos a los que todo el mundo cree que llevo a mis citas. Con Valentina quiero algo distinto. Algo real. Apenas entramos al local antiguo, con puertas de madera oscura y un aroma que recuerda recetas de abuelas italianas, siento cómo su mano aprieta la mía. No dice nada, pero su sorpresa es evidente. —Aunque no me lo creas, la comida de este sitio es de las mejores de la ciudad —le digo con absoluta seguridad. Me mira con esa mezcla de curiosidad y ternura que me desarma cada vez. —Confío en ti. Y ese “confío en ti” me golpea directo al centro del pecho. L

