No recuerdo en qué momento exacto llego a la casa. Solo sé que el cuerpo se me mueve solo, como si la cabeza no estuviera del todo conectada. Vengo del hospital. Vengo de Laura. Vengo de confirmar que nada de lo que creía cierto lo era… y que, aun así, el peligro es mucho mayor de lo que imaginé. Apenas cruzo la puerta, Eliza me intercepta. —Señor Alessandro… la señorita Ferrara no está bien —dice sin rodeos. El estómago se me hunde. —¿Qué le pasa? —pregunto, ya caminando hacia la escalera. —Tiene fiebre. Mucha. Lleva horas temblando. He intentado que coma algo, que beba… no responde. Subo los escalones de dos en dos. Cuando entro a la habitación, la veo. He visto a Valentina vulnerable antes, pero esto es distinto. Está encogida sobre sí misma, abrazando una almohada como si fuera l

