Un par de horas después Llegué a la empresa antes de lo habitual. No fue insomnio —aunque dormir, dormí poco—. Fue necesidad. Después de París, después de ver la muerte demasiado de cerca, necesitaba rutina. Necesitaba paredes conocidas, números, informes, algo que obedeciera a una lógica concreta. La empresa ya estaba despierta cuando entré. Lo noté enseguida. No en palabras, sino en miradas. En silencios que duraban un segundo más de lo normal. En sonrisas medidas. Todos sabían. París no había sido solo un evento. Había sido una sacudida. Estoy revisando reportes con Carlo desde hace más de una hora. Cámaras. Accesos. Correos. Comunicaciones internas. Todo demasiado limpio. Demasiado perfecto. —No me gusta —digo, cerrando el archivo—. Esto no es casualidad. Carlo asiente. Él pie

