Al día siguiente La mañana de mi boda llega sin pedir permiso. Abro los ojos antes de que suene la alarma y me quedo quieto, mirando el techo de la suite, intentando entender por qué el corazón me late tan rápido. No es miedo. Tampoco nervios exactamente. Es una mezcla extraña de expectativa, felicidad y una sensación profunda de que todo lo vivido —lo bueno y lo terrible— nos ha traído inevitablemente hasta aquí. Valentina está a solo unos pisos de distancia… y, aun así, siento su ausencia como si me faltara algo esencial. Anoche no dormimos juntos. No por superstición —nunca creí demasiado en ellas—, sino porque Carla y sus ideas decidieron secuestrarla con el argumento de “cuidarla”. Sonrío al recordarlo. Puedo imaginarla perfectamente: rodeada de amigas, riendo, brillando, siendo e

