Capítulo 4. Esto no es asunto tuyo

1564 Palabras
Lucía ni siquiera se da cuenta de que el auto ya está detenido. Ha pasado tanto tiempo mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos durante el viaje, que el frenazo suave apenas la saca de su trance. Cuando vuelve la cabeza, se encuentra con los ojos oscuros del doctor Vale fijos en ella. Por un segundo, olvida cómo respirar. No le dijo a dónde iba, ni la dirección exacta. ¿Cómo lo sabe? ¿La investigó? Iba a preguntarlo, pero Adrián se le adelanta, con esa calma controlada que tanto la irrita. —Es mejor que bajes. Tu amiga está allí —dice, señalando hacia afuera con un leve movimiento de cabeza. Su tono suena seco, casi despectivo—. Nos está mirando, justo ahora. Lucía sigue su mirada. Efectivamente, Rebeca está parada frente al portón, con expresión confundida, mirando hacia el auto. —Y la próxima vez, trata de vestirte mejor —añade Adrián con una media sonrisa. —¿Qué? —balbucea Lucía, sin entender. —Avergüenzas a la familia Corvinus y el nombre de Alexander —prosigue él con voz fría—. Ya no eres una pordiosera que vino de un pueblo el año pasado. Eres la esposa del heredero del imperio Corvinus. Compórtate como tal. Las palabras le caen como una bofetada. Lucía siente cómo algo dentro de ella se encoge. Su rostro se ensombrece, y por un instante piensa en responderle, en decirle todo lo que piensa de su arrogancia. Pero se contiene. No vale la pena. Adrián, satisfecho, mantiene su expresión impasible. Solo se inclina un poco y abre la puerta por dentro, con una cortesía vacía. Por dentro, sin embargo, sonríe. Disfruta verla enojada, herida, descolocada. Algo en ella lo provoca sin que él lo entienda del todo. Rebeca se acerca en cuanto Lucía baja. Su expresión mezcla alivio y nerviosismo al ver al hombre sentado en la parte de atrás. —¿Quién es él, Lucía? —susurra apenas llega a su lado. Sabe que Alexander tiene el rostro desfigurado, que siempre está postrado en la cama por su enfermedad terminal—. Te casaste ayer con el señor Corvinus… Si tu padre o tu hermano te ven con él, otra vez tendrás problemas. Lucía suspira. Sabe que su amiga tiene razón, pero ahora mismo no le interesa lo que puedan decir. —No pasa nada, Rebe. Tengo mucho que explicarte —responde bajito. El doctor Vale, aún sentado en el auto, baja la ventanilla apenas unos centímetros. Su voz profunda resuena en el aire. —No tardes. Regresa antes del almuerzo. Lucía no se gira. Solo escucha el ruido del motor y del auto alejándose. La tensión que la acompañó durante todo el trayecto empieza a disiparse. Rebeca la mira con el ceño fruncido. —¿Qué fue eso? —pregunta, desconcertada—. ¿Quién es ese tipo para darte órdenes? —No es lo que piensas —responde Lucía con cansancio—. Todo es muy confuso. Debemos hablar. Intenta tomarla de la mano para llevarla dentro, pero Rebeca la detiene. —Espera. Mis tíos y mi prima están ahí, será difícil hablar tranquilas. Mejor vamos a la cafetería de la esquina. Lucía asiente. A pesar de todo, Rebeca sigue siendo la única persona en la ciudad en quien confía. Poco después, ambas están sentadas en una pequeña mesa junto a la ventana. Piden algo de comer, y Lucía por fin siente que puede respirar y hablar con alguien de su extraña boda exprés. Pero la tranquilidad dura poco. Rebeca, que está mirando hacia la entrada, cambia su expresión. Lucía nota el cambio y se gira. Tres figuras conocidas se acercan: Oliver, su padre y la novia de este, Karina. Lucía se queda helada. —¿Qué haces aquí? —pregunta Oliver, con ese tono autoritario que siempre usa con ella—. ¿Por qué no estás en casa con tu esposo? ¿Quieres que los Corvinus piensen que la hija Montclair es una cualquiera, una desconsiderada? Apenas te casaste hace unas horas. Lucía siente un nudo en la garganta. Su hermano siempre habla igual: sin pensar en lo que duele. Su padre, más sereno, toma la palabra. —Tu hermano tiene razón. Si el señor Marcus Corvinus, el patriarca, se entera de que su nueva nuera abandonó al esposo enfermo tan pronto, podría ser perjudicial para todos. Lucía lo mira con incredulidad. —¿Perjudicial para quién? —pregunta con voz tensa. Karina interviene con su tono dulce y venenoso. —Piensa en tu hermano, Lucía. Él está haciendo todo lo posible por sacar a flote la empresa. Sin esa ayuda, será muy difícil. Lucía la mira con una mezcla de rabia y desprecio. —Eso no es asunto tuyo —responde con firmeza—. Nada de lo que tenga que ver conmigo te concierne. Mantén tu lengua envenenada lejos de mí. Karina parpadea, fingiendo ofensa. —Solo intento ayudarte —dice, aunque el brillo en sus ojos la traiciona. Lucía se levanta despacio, sin apartar la mirada. —No necesito tu ayuda. Y que quede claro: no me casé para asegurarles nada a ustedes. No ayudaré a conseguir ni un centavo para la empresa. Oliver aprieta los dientes, intentando mantener la calma. —¿Qué dijiste? —La voz de Edmond retumba en el aire, cargada de ira. Las pocas personas que están en la cafetería giran discretamente a mirar. Lucía siente la mirada de todos sobre ella, pero no baja la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, no lo hace. Desde que la trajeron de regreso a la familia hace más de un año, se acostumbraron a verla sumisa, callada, obediente. Pero ahora ya no tienen poder sobre ella. No más. —Estoy segura de que lo oíste bastante bien, padre —responde con serenidad, aunque su voz tiembla apenas—. Ahora soy la esposa de Alexander Corvinus. No pueden darme órdenes ni manipularme. Y si lo intentan, hablaré con mi esposo y le contaré toda la verdad. El silencio se hace pesado. Oliver la mira sorprendido, incapaz de creer que su hermana haya tenido el valor de enfrentarlos. Edmond, en cambio, siente que la sangre se le sube al rostro. —¡Maldita insolente! —ruge, alzando la mano. Lucía apenas alcanza a respirar cuando alguien detiene el golpe. Una mano grande y firme sostiene el brazo de Edmond antes de que la cachetada se concrete. El padre la mira atónito. Frente a él está un hombre alto, con el rostro endurecido y los ojos fríos, que nunca antes había visto. —Estoy seguro de que al señor Corvinus no le agradaría enterarse de que su esposa es atacada en público —dice con voz contenida, pero firme. Lucía siente cómo todos los presentes contienen la respiración. —¿Quién demonios eres tú? —escupe Edmond—. ¿Por qué intervienes en esto? Ella es mi hija, solo la estoy educando. Adrián lo observa con una calma que resulta más amenazante que cualquier grito. Su mandíbula está tensa y sus ojos, oscuros. Por dentro, está hirviendo. Lucía reconoce esa mirada. Es peligrosa. Da un paso adelante, interponiéndose entre los dos. —Doctor Vale, no se preocupe, solo estábamos charlando —dice, intentando sonar tranquila—. Ya nos vamos. Nadie responde. Oliver, su padre y Karina la miran con el ceño fruncido, molestos por la humillación pública. Lucía sabe que si se queda un segundo más, Edmond perderá el control. Hace un gesto a Rebeca y se marcha sin mirar atrás. Sabe que Adrián la seguirá. Lo siente. Y no puede permitir que esto llegue a Alexander. Apenas cruzan la puerta, siente cómo alguien le sujeta el brazo con fuerza. Adrián está frente a ella, el rostro rígido, los labios tensos. Sus ojos son puro fuego. Lucía intenta zafarse, pero él no la suelta. —¿Qué haces? —pregunta, alarmada. No responde. Solo la arrastra hacia el auto que está estacionado a unos metros. Sus pasos son largos, duros, y su respiración agitada. Cuando llega, abre la puerta del coche con un movimiento seco. —Sube. —No voy a ir a ningún sitio contigo hasta que me expliques qué... Antes de que termine la frase, él la empuja suavemente hacia el asiento. La puerta se cierra tras ella. En un segundo, Adrián ya está adentro, a su lado. Lucía intenta hablar, pero él la interrumpe tomándole el rostro con ambas manos. Su contacto es firme, casi desesperado. —¿Siempre dejas que todo el mundo te hable así? —murmura, su voz ronca por la rabia contenida—. Ese hombre iba a golpearte, te insultó. —No era necesario que intervinieras, podía manejarlo —responde ella, sin apartar la mirada. —¿Manejarlo? —ríe con amargura—. Llevas todo un año dejándote manejar por ellos. —Ya no. Esa respuesta lo desarma por un instante. La mira con algo que no sabe si es admiración o furia. Y entonces, sin pensarlo más, la besa. Lucía se queda inmóvil. El mundo parece detenerse en ese segundo. Siente el calor de sus labios sobre los suyos, el roce brusco y decidido. Está paralizada, entre la sorpresa y la confusión. Su corazón late con fuerza, y no sabe si de miedo, de rabia o de algo más. ﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏ 🎭 ﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏
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