Lucía reacciona de golpe. Su palma cruza el aire con fuerza y se estrella contra el rostro de Adrián, dejando un hilo de sangre en la comisura de sus labios.
El sonido seco llena el interior del auto. Por un instante, el silencio es total. Ella respira con dificultad, el pecho agitado, el corazón latiendo a toda velocidad.
—¿Te volviste loco? —grita, furiosa—. ¿Olvidas quién soy? ¿Quieres que le cuente a Alexander lo que acabas de hacer?
Adrián no responde enseguida. Frota su mejilla, la piel aún ardiendo por el golpe. Luego deja escapar una leve sonrisa. Esta mujer realmente tiene agallas. Nadie, jamás, se había atrevido a levantarle la mano.
—¿Acusarme con él? —pregunta al fin, con voz baja, burlona—. ¿De verdad crees que te creería a ti? ¿A ti, que apenas conoce? ¿O a mí, que soy su amigo desde hace diez años?
Lucía se queda muda. La ira le quema el rostro, pero su estómago se aprieta al escuchar esas palabras. No puede engañarse. Lo que él dice es cierto.
Alexander no la protegería. No la conoce lo suficiente. En cambio, confía ciegamente en Adrián, su médico, su amigo más cercano. Si contara lo que pasó, la haría quedar como una mentirosa. Peor aún, podría destruir la poca estabilidad que ha logrado en este matrimonio.
No puede darse el lujo de perderlo todo. Volver con los Montclair no es una opción. Su padre y su hermano la destrozarían, literalmente. Necesita mantener su lugar, seguir casada, para cumplir el sueño de su madre.
Aprieta los labios, se cruza de brazos y se aparta de él cuanto puede, aunque el espacio en el auto es limitado. Mira hacia la ventana, fingiendo calma, mientras la tensión en el aire se vuelve insoportable.
El resto del trayecto transcurre en silencio. Osmar, el chofer, no dice nada, pero su expresión se endurece al mirar por el retrovisor.
Cuando el auto llega a la mansión, Lucía abre la puerta antes de que él siquiera frene por completo. Baja con prisa y sube las escaleras casi corriendo. No mira atrás. No quiere verle la cara.
—Señor —interviene Osmar, en voz baja, cuando Adrián está a punto de bajar del vehículo—. ¿Esto es realmente necesario? Si la señora se entera, se va a enojar mucho.
—No te preocupes —dice con tono sereno, aunque su mirada sigue fija en la puerta por donde Lucía desapareció—. Yo me haré cargo.
Lucía entra a su habitación y cierra la puerta de golpe. Apoya la espalda contra ella y deja escapar el aire que había estado conteniendo.
Está furiosa. Ese hombre acaba de besarla, sin permiso, sin razón, sin derecho. Le robó algo que ni siquiera pertenecía a nadie más, pero que tampoco quería entregar así, de esa manera, con tanta confusión y rabia mezcladas.
Sus mejillas están coloradas, los ojos brillan de impotencia.
—Idiota… —murmura, apretando los puños.
Camina de un lado a otro, sin poder calmarse. ¿Cómo se atreve? Apenas lo conoce, y ya se comporta como si tuviera algún poder sobre ella. Quizá es eso lo que más le molesta.
El sonido del celular rompe el silencio. Lucía lo saca con fastidio, pero al ver el nombre en la pantalla, rueda los ojos. Su padre.
Sabe que, si no responde, llamará una y otra vez hasta que lo haga. Suspira y contesta.
—¿Qué quieres, padre?
Del otro lado, la voz de Edmond suena seca, inquisitiva.
—Quiero saber quién es el hombre que te defendió hoy. ¿Qué tiene que ver con la familia Corvinus?
Lucía cierra los ojos, buscando paciencia.
—Es Adrián Vale —responde con tono neutro—. El amigo y médico personal de Alexander. Mi esposo le pidió que… que me cuidara.
El silencio al otro lado dura apenas unos segundos, pero ella puede imaginar la sonrisa que se forma en el rostro de su padre. Karina también está ahí. Lo sabe. Siempre está cerca, escuchando todo.
—Ese doctor… —dice Edmond, con un tono más suave, casi interesado—. He oído hablar de él. Es alguien poderoso. Alexander confía en él, incluso en temas delicados del imperio.
Lucía aprieta los dientes, molesta por el cambio repentino en su tono. Ya lo conoce: cuando su padre empieza a hablar así, significa que algo trama.
—Recuerda llevarte bien con él, Lucía —añade Edmond—. No podemos darnos el lujo de enemistarnos con un hombre como ese. Además… —hace una pausa breve—, Luana también necesita casarse. Y él parece un buen partido.
Lucía siente cómo la sangre le hierve.
—¿Qué estás diciendo? —pregunta con voz baja, intentando mantener la compostura.
—Nada que no te convenga —responde su padre, con frialdad—. Solo asegúrate de mantenerlo cerca. Y no lo hagas enojar. Pronto Luana irá a visitarte.
Cuelga sin despedirse. Lucía se queda mirando el teléfono, incrédula. Aún con la rabia del beso reciente, ahora se mezcla otra más profunda, más amarga. Su familia siempre encuentra la forma de usarla, incluso en lo que no entiende ni puede controlar.
Frunce el ceño. Debió suponerlo. Su padre solo cambia de tono cuando trama algo. Ahora pretende casar a la hija de su amante con el doctor Vale. Lo que le faltaba.
Cierra los ojos un segundo, intentando contener la frustración. Una hora antes la estaba maltratando delante de todos, y ahora la llama para pedirle que actúe de intermediaria. Es absurdo.
Camina de un lado a otro, inquieta, como un animal enjaulado. La habitación le resulta sofocante. Tiene que ver a Rudi, pero con Adrián controlando cada movimiento, será difícil salir sin levantar sospechas.
Podría inventar algo. Decirle que va a encontrarse con una amiga por un asunto de trabajo. No sería extraño, desde que llegó a la ciudad ha estado trabajando. Nadie dudaría de eso.
Toma el celular y escribe rápido un mensaje a Rudi: “Nos vemos esta tarde. Necesito hablar contigo.”
Deja el teléfono a un lado y trata de calmarse. No quiere pensar más en su padre ni en lo que planea. Siente rabia, pero también cansancio. Su vida ha estado llena de personas dándole órdenes, y justo cuando creyó haber escapado, aparece el doctor Vale imponiendo su voluntad como si tuviera algún derecho sobre ella.
Cuando baja al comedor, el silencio del lugar la descoloca. No hay empleados. La mesa está vacía. Ni siquiera huele a comida.
Al fondo, sentado frente a la larga mesa, Adrián trabaja en su laptop. No levanta la vista cuando ella entra.
—Haz algo para el almuerzo —dice con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo—. Los empleados están de día libre. Supongo que sabes cocinar.
Lucía lo mira, incrédula. ¿Acaba de darle una orden?
Está a punto de responderle con sarcasmo, pero se contiene. No vale la pena discutir.
—Sí, sé cocinar —dice al fin, con voz neutra.
—Entonces, apúrate —añade él, sin apartar la mirada de la pantalla—. Tengo hambre.
Lucía aprieta los labios. Camina hasta la cocina y abre el refrigerador. Revisa lo que hay. Suspira. No va a discutir con él. Sabe perfectamente que cualquier roce con Adrián puede volverse en su contra.
Prepara una sopa sencilla, con fideos, trozos de carne y algunas verduras. Mientras cocina, se pregunta por qué todo tiene que ser una lucha. No pidió estar aquí, ni casarse así, ni tener que soportar la arrogancia de un hombre que se cree con derecho sobre todo.
Minutos después, vuelve al comedor con dos platos servidos. Los coloca sobre la mesa, uno frente al otro.
Adrián levanta la vista por primera vez y observa la comida. Frunce el ceño, como si no esperara algo tan simple.
Lucía se cruza de brazos y lo mira de frente.
—Dijiste que tenías hambre. No puedo hacer mucho en poco tiempo —dice, y sin esperar respuesta, se sienta y empieza a comer.
Por un momento, Adrián no sabe si reírse o molestarse. Toma la cuchara y prueba un sorbo. La sopa parece común, incluso pobre. Sin embargo, el sabor lo sorprende. Es suave, equilibrado, con el punto justo de sal.
Toma otra cucharada. Luego otra. Y sin darse cuenta, su expresión se suaviza.
Lucía lo observa de reojo, sin entender si lo disfruta o si está buscando algo que criticar. No dice nada.
Adrián continúa comiendo, pero su mente se aleja. Durante un instante, el sabor de aquella sopa lo transporta a un recuerdo: a la familia unida que tenía antes de que sus padres fallecieran y se quedara completamente solo.
Hace muchos años que nadie cocina para él sin interés de por medio.
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