Capítulo 6. No podrán con ella

1302 Palabras
El rostro de Adrián cambia de pronto. La serenidad que lo caracteriza desaparece y su expresión se torna sombría, tan fría y dura que a Lucía se le eriza la piel al verlo. No entiende qué acaba de pasar. Estaban comiendo en silencio, sin decirse nada fuera de lo normal, y, de pronto, ese cambio tan brusco. ¿Acaso la comida es tan horrible? No, ella está comiendo lo mismo. Adrián deja la cuchara sobre la mesa con fuerza. El sonido metálico resuena en el comedor vacío. Lucía lo observa, inquieta. —¿Pasa algo? —pregunta, sin poder evitarlo. Él no responde. Solo la mira un segundo, con una mezcla de ira contenida y frustración, y luego se levanta. Toma su laptop y se marcha del comedor sin decir palabra. Lucía queda sentada, con el corazón acelerado. No sabe si hizo o dijo algo que lo ofendiera. Suspira y termina de comer lentamente, intentando no pensar demasiado. Poco después, sube las escaleras hacia la planta alta. Necesita hablar con él, pedirle permiso para salir a ver a Rudi. No puede arriesgarse a hacerlo sin avisar; ese hombre parece tener ojos en todas partes y no quiere tener problemas con Alexander. Cuando llega al pasillo, escucha una voz al otro lado de la puerta del estudio. Adrián está hablando por teléfono y no parece tranquilo. Lucía se acerca despacio, sin hacer ruido. No logra entender todo, pero su tono es tan duro que la alarma se enciende en su pecho. —Te dije que no me llames para eso —escucha claramente—. No mientras esté en la mansión. No voy a repetirlo, ¿entendido? Hay un silencio breve; luego su voz se vuelve más contenida, aunque aún tensa. —Dile que estoy ocupado. Lo veré cuando considere necesario. Lucía da un paso atrás. No quiere que la descubra escuchando. Da la vuelta justo cuando oye los pasos de Adrián acercándose. Camina con rapidez hacia su habitación, pero no llega a entrar. Él sale del estudio y la ve a mitad del pasillo. Por un segundo, sus miradas se cruzan. Adrián la observa con el ceño fruncido, sin decir nada. Sigue su camino hacia las escaleras. Lucía lo ve bajar y, poco después, escucha el sonido de un motor. Un auto se aleja por la pasarela de la mansión. El silencio vuelve a apoderarse de la casa. Lucía exhala, aliviada. Por fin puede moverse sin que él la vigile. O al menos eso piensa. En su habitación, se cambia de ropa, algo más cómoda. Quiere salir a ver a Rudi antes de que se haga tarde. Mientras busca su bolso, su teléfono vibra sobre la cama. Un número desconocido aparece en la pantalla. Lo ignora, pero vuelve a sonar. Dos veces más. Suspira y contesta al fin. —¿Hola? Una voz grave y firme responde del otro lado. —¿Eres Lucía Montclair? La esposa de mi nieto Alexander. Lucía se queda inmóvil. —Sí, soy yo —responde, con un nudo en la garganta. —Soy Magnus Corvinus —dice él, con la naturalidad de quien no necesita presentarse—. No hemos tenido el placer de conocernos todavía como se debe. Lucía traga saliva. —Señor Corvinus… un honor hablar con usted. ¿En qué puedo ayudarlo? —No es cuestión de ayuda, querida. Eres la nueva nuera de esta familia —responde él con calma, aunque su voz tiene un peso inquebrantable—. No pudimos celebrar la boda como merecías por el estado de Alexander, pero eso no significa que debas mantenerte apartada. Esta noche te esperamos a cenar en casa. Lucía se queda muda unos segundos. —¿Esta noche? —pregunta, intentando sonar serena. —Sí. Quiero conocer a la mujer que ahora lleva el apellido Corvinus —dice Magnus con suavidad fingida—. Enviaremos un auto por ti a las siete. —De acuerdo, allí estaré… Antes de que pueda decir nada más, la llamada se corta. Lucía mira el teléfono con las manos temblorosas. El eco de la voz grave de Magnus Corvinus aún resuena en su cabeza. No puede negarse. No después de que él mismo, el patriarca de la familia, se tomó la molestia de llamarla. Si su padre o su hermano llegaran a enterarse y descubrieran que rechazó una invitación de ese calibre, la tormenta que se desataría sería insoportable. Además, negarse sería como hacerle un desaire directo a Alexander. Suspira y se deja caer en la cama. Sabe que no hay marcha atrás. Magnus enviará un chofer por ella. Lo dijo con esa autoridad que no deja espacio a las dudas. Lucía se levanta y empieza a caminar por la habitación, nerviosa. No tiene idea de qué debe hacer, cómo comportarse, qué decir. Apenas conoce a Alexander y no sabe si él está de acuerdo con esto. ¿Y si su abuelo no la acepta? ¿O, peor aún, si lo ve como una falta de respeto que ella no haya sido presentada oficialmente? Decide que lo mejor es consultarlo con él. Cruza el pasillo hasta la habitación de Alexander y toca la puerta varias veces. Silencio. —Alexander… soy yo, Lucía —dice, apenas audible. Ninguna respuesta. Vuelve a tocar, un poco más fuerte. Pero la casa entera parece estar en silencio, como si nadie más respirara dentro. Da un paso hacia la puerta, la gira y la abre con cuidado. Pero antes de entrar del todo, una voz firme la hace sobresaltarse. —¿Qué está haciendo, señora? Lucía se da la vuelta de inmediato. Felicity está detrás de ella, impecable como siempre, con ese aire sereno que logra intimidar sin necesidad de levantar la voz. Lucía siente un calor subirle al rostro. —Yo… quería hablar con mi esposo —responde, algo torpe. Felicity se acerca un paso. —El señor Corvinus no recibe visitas en su habitación sin previo aviso. Le aconsejo que vuelva a la suya. Él está indispuesto en estos momentos y no podrá atenderla. Lucía aprieta los labios. —Solo quería… —intenta explicar, pero se detiene. No tiene caso. Felicity no parece dispuesta a escuchar. Se queda mirando un momento la puerta cerrada de la habitación, como si pudiera verlo detrás, pero al final suelta un leve suspiro y se rinde. —Está bien —dice, y da media vuelta. Camina de regreso a su habitación, con una mezcla de frustración y desconcierto. Todos en esta casa son extraños. Cada palabra parece medida, cada movimiento vigilado. En su habitación, observa la ropa que había elegido para salir a ver a Rudi: jeans, suéter, zapatillas. Suspira. Toma su teléfono y escribe un mensaje rápido: “No puedo salir hoy. Te explico después.” Lo envía y deja el celular sobre la cama. Pasan las horas más lentas del mundo. Cuando el reloj marca las seis y media, un auto se detiene frente a la entrada principal. Ella baja, toma aire y sube a la parte trasera del vehículo. El chofer asiente y, sin decir palabra, arranca. Desde el balcón, Alexander observa la escena con una copa de vino en la mano. Felicity se coloca a su lado. —El señor Magnus es un hueso difícil de roer —comenta con cautela—. Si sus tíos y su primo están en esa cena, ¿no teme que le hagan algo a la señora? Alexander sonríe apenas, sin apartar la vista del auto que se aleja por el camino bordeado de árboles. —No te preocupes por ella, Felicity —responde con voz baja—. Si logró engañar a todos durante tanto tiempo, también podrá hacerlo con mi abuelo. Hace una pausa; una chispa oscura brilla en sus ojos. —Y esos tres… no podrán con ella. ﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏ 🎭 ﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏﹏
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