Lucía llega frente a la mansión Cornivus, con el corazón latiendo muy rápido. El auto se detiene lentamente ante las enormes rejas de hierro, que se abren con un sonido grave. Desde el asiento trasero, observa el camino empedrado que lleva hasta la entrada principal. La casa, o más bien el castillo, se alza majestuosa frente a ella, con muros de piedra gris y ventanales altos que parecen observarlo todo. El chofer baja del vehículo y abre la puerta para ella. —Hemos llegado, señora —dice con respeto. Lucía asiente y sale, respirando el aire frío que rodea la propiedad. Su mirada recorre el lugar con una mezcla de asombro y nerviosismo. El hombre la acompaña hasta la entrada principal, donde unas imponentes puertas de madera tallada se abren lentamente. Ella contiene la respiración. El

