CAPÍTULO 34

1061 Palabras

El sonido de las teclas bajo mis dedos es la única ancla que me sostiene en este presente. El aula de música del Colegio resuena con la melodía entusiasta, aunque a veces desafinada, del coro de segundo grado. Observo a las niñas vestidas con sus impecables uniformes de falda a cuadros, cantando con los ojos muy abiertos y las mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Se están preparando para el recital escolar de final de mes, y marcándoles el ritmo con una sonrisa serena, siento cómo una extraña paz intenta asentarse en mi pecho. Volver a dar clases de música, sumergirme en la docencia y reconectar con mi vocación ha sido el único salvavidas que me ha mantenido a flote durante estos dos últimos dos meses. Trabajar en este reconocido colegio de señoritas me devolvió la estructura, la indepen

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