La mañana llegó envuelta en una calma pulida, de esas que solo existen en los palacios donde nada se deja al azar. El comedor de Eryndor se abría hacia los jardines interiores, y la luz temprana se filtraba entre arcos de piedra clara, reflejándose en la mesa larga dispuesta con una precisión casi ceremonial. Frutas frescas, pan tibio, jarras de cristal con infusiones humeantes. Todo hablaba de abundancia, de un imperio que no había tenido que aprender a sobrevivir con escasez. Altea lo notó de inmediato. No era envidia lo que sentía, sino una punzada silenciosa: así habría sido Drunia sin la guerra. Así podría volver a ser… si la paz resistía. Leander caminaba a su lado, sereno, atento. No la tocaba. No aún. Pero su presencia era constante, firme, como una línea invisible que los unía

