Ante esa pregunta, mis manos se cierran con fuerza, empuñándose sobre las piernas en un intento desesperado por encontrar una respuesta concreta que no lo haga envanecerse, pero que tampoco sea una mentira piadosa. ¿Cómo se supone que le explique que el verdadero problema es que es un hombre tan peligrosamente atractivo y magnético que me resulta imposible creer que sus intenciones conmigo sean genuinas, haciendo a un lado, por supuesto, lo que intentó hacerle a Vanessa? —¿O sigues molesta por lo que le hice a tu madre? —pregunta, esta vez bajando un poco la guardia, aunque sin dejar de mirarme de reojo. —Sigo molesta porque la atacaste y la usaste vilmente para controlarme —le recrimino, bajando la mirada hacia mis propias manos entrelazadas—. Pero eso, por increíble que parezca, no tie

