Fijamente observo la expresión de Cassian, desde que subí al auto su actitud ha sido una muralla de hermetismo y molestia. No ha pronunciado una sola palabra desde el momento en que cerré la puerta, y ese silencio tenso y calculador es completamente extraño en él, acostumbrado siempre a desafiarme con comentarios punzantes o miradas llenas de una intensidad que me desquician. El motor del vehículo ronronea suavemente mientras recorremos las calles iluminadas por las tenues luces de la ciudad, pero dentro del habitáculo la atmósfera es tan densa que casi se puede cortar con un cuchillo. Noto la forma en que sus nudillos se aferran al volante, blancos por la presión, reflejando una frustración que lleva acumulándose desde hace horas. —¿Me dirás de una vez qué es lo que te molesta de mí? —l

