Estoy sentada en un elegante sofá de terciopelo color blanco que parece absorber la luz de los grandes ventanales. Me encuentro en Wilshire Boulevard, la columna vertebral de Los Ángeles, a solo unos pasos del mítico hotel Beverly Hilton, ese coloso donde se celebran los Globos de Oro y donde los sueños se validan o se destruyen en una alfombra roja. Aquí, en este tramo de la ciudad, los edificios no son solo construcciones; son fortalezas. Tienen entradas privadas, pasadizos de cristal y acero diseñados específicamente para que los famosos se deslicen como sombras, entrando y saliendo sin ser devorados por los flashes de los paparazzi que acechan en las esquinas. El edificio en el que he logrado entrar grita lujo en cada poro de su arquitectura. En la entrada, grabadas en letras de metal

