Julien me deja en la entrada, y el silencio que sigue al rugido de su motor es tan pesado que casi puedo sentirlo presionando mis tímpanos. Abro la puerta principal con una lentitud agónica, el corazón martilleando contra mis costillas con una cadencia errática. Dentro, la penumbra es absoluta. El aire huele a madera encerada, a flores frescas que Lynette elige de manera minuciosa cada día para mantener un cálido ambiente y a ese rastro sutil de sándalo y madera que es puramente Alistair. Me agacho en el umbral, conteniendo el aliento, y me quito las sandalias de tacón. Mis dedos rozan el suelo frío y camino descalza, intentando ser un fantasma en mi propia vida, un espectro que solo desea alcanzar la seguridad de las escaleras sin ser detectado. Avanzo por el salón, guiándome por el ins

