Capítulo 1

2072 Palabras
POV ALISTAIR STERLING —¡Corten! —Mi voz, profunda y calmada, resuena en todo el estudio, haciendo que todos se detengan—. Megan, querida, estás llorando por un padre perdido, no por el fin del mundo. Si no puedes sentir el dolor de la pérdida, estamos perdiendo mi tiempo y dinero. La actriz palidece ante mis palabras mientras me pongo de pie y me ajusto los puños de mi camisa de lino. Todo en mi vida, desde el peinado de mi cabello rubio hasta el ángulo de cada toma, está bajo mi control absoluto. Nada en el universo Sterling ocurre por accidente. —Lo siento, Alistar. No va a volver a ocurrir, —escucho que dice, pero apenas le presto atención. —Quince minutos de descanso —ordeno en cambio—. Y que alguien le traiga un café de verdad a Megan. Quizás el aroma la despierte. Camino hacia mi tráiler para refrescarme un poco cuando diviso a Lorenzo junto a las luces de emergencia. Mi abogado tiene esa expresión desencajada que solo le he visto una vez. Y fue cuando estuvimos a punto de perder una demanda de cien millones de dólares. —Lorenzo, ahora no —le suelto sin detenerme—. Estoy en medio del clímax de la película. —Alistair, detente —me susurra con una urgencia que me obliga a frenar—. Esto no puede esperar. El registro civil acaba de rechazar tu solicitud de licencia de matrimonio con Audrey. Me detengo en seco y suelto una risa breve, cargada de arrogancia. —¿Rechazada? ¿Por qué? ¿Falta una firma o un sello? Lorenzo, te pago una fortuna para que esos detalles no lleguen a mi mesa. Arréglalo. —No es un error de forma, Alistair. La solicitud fue rechazada porque el sistema dice que ya estás casado. Me quedo inmóvil, como si el suelo bajo mis pies se hubiera evaporado. Me giro lentamente para mirarlo, convencido de que Lorenzo se ha vuelto loco o está hablando en un idioma que yo no comprendo. —¿De qué demonios estás hablando? Jamás me he casado. Mi historial está más limpio que mis propios sets. —Nevada —responde él, extendiéndome una tablet—. Hace cinco años en una capilla llamada The Neon Rose. Hay un registro legal, una licencia firmada por ti y por una mujer. No es una broma, Alistair. Tienes un acta matrimonial vigente ante la ley. —No, debe ser un error. Yo no recuerdo haberme casado. Debe ser uno de esos certificados de broma. —No, Alistair. Fue un juez de paz real. Estás legalmente casado con una mujer llamada Stella Valenti. Y teniendo en cuenta que has estado deduciendo impuestos como soltero y ella ahora está en el radar de migración... el gobierno cree que es un fraude para darle la residencia a ella. Si esto sale a la luz será un escándalo y no el gran evento que tú y Audrey quiere protagonizar. Estoy a unos pocos meses de protagonizar el evento que han denominado los medios como "el evento del año". «La it-girl Audrey Hart y el gran director de cine Alistair Sterling iban a pisar el altar». La pareja del momento y de la que todos hablaban diario en los tabloides. Los preparativos de la boda habían pasado a ser teme en los programas de farándula y lo más importante es que ambos eran perfectos. Intachables. Pero esto, esto es como una maldita bomba de tiempo. Le arrebato la tablet con furia. Mis ojos escanean el documento hasta detenerse en un nombre que no significa nada para mí, pero que de pronto se siente como una sentencia de muerte. Stella Valenti. —¿Quién es Stella Valenti? —pregunto y mi voz es apenas un hilo de rabia contenida—. Yo no he estado en Las Vegas en... Me callo. Un flash borroso me golpea la mente. El resplandor de un neón rosa, el ardor de un tequila barato y el eco de la risa de una mujer de cabello oscuro que se burlaba de mí porque yo no sabía bailar. Había ganado mi primer golden globes y me había sentido en la cima siendo apenas un director joven. Así que había decidido celebrar mi gran premio en Las Vegas. Solo recuerdo que fue una borrachera épica que siempre juré que solo había quedado en una anécdota de bar. —Dime que esto es una estafa —siseo, apretando la tablet hasta que mis nudillos se vuelven blancos—. Dime que esa mujer intenta extorsionarme. Qué es un ardid. —Ella ni siquiera sabe que existes, Alistair. Siguió con su vida como si nada. Pero para el gobierno, eres el esposo de la dueña de un bar que está bajo investigación migratoria. Si esto llega a la prensa, tu carrera se acaba hoy. Y si Audrey se entera por los tabloides... Miré hacia el set. Siento como el control que tanto amo se me está escapando entre los dedos… Todo mi imperio, construido con una precisión impecable, se tambalea por culpa de una desconocida. —Encuéntrala —ordeno, y por primera vez en años, siento que mi voz pierde la calma—. Encuentra a Stella Valenti. POV STELLA VALENTI. El olor a café quemado y el chirrido de la vieja persiana metálica son la banda sonora de mi vida en Café & Bar “La Dolce Vita”. Son las seis de la mañana y yo ya siento que el día me debe horas de sueño. Me paso una mano por el cabello, intentando domar las hebras que la humedad de la cocina siempre pone rebeldes, y suspiré frente a la pila de facturas sobre la barra. —No me mires así, Luigi —cuchicheo a la cafetera espresso como si fuera un ser humano más, dándole un golpe cariñoso—. Mañana te compro el filtro nuevo, lo prometo. Ser la dueña de un café/bar en una esquina olvidada de Los Ángeles no me estaba haciendo rica, pero era mío. Mi pequeño reino de madera gastada y salsa de tomate casera en el que había trabajado por los últimos dos años. Estoy terminando de anotar los pedidos del día cuando la campana de la puerta suena con un golpe seco, lo que llama mi atención porque no es el sonido suave de un cliente habitual. Levanto la vista y me tenso de inmediato. Dos hombres con trajes que cuestan más que Luigi parados en la entrada. Son el tipo de hombres que no vienen a tomar un capuchino; vienen a dar malas noticias o a cobrar deudas que no puedes pagar... Un miedo me atiza cuando recuerdo mi hipoteca. Pero rápidamente niego porque aún tengo tiempo. Y lo voy a lograr, voy a salir de la mala racha en la que está mi café/bar. Me aclaró la garganta antes de hablar. —Estamos cerrados —anuncio, apoyando las manos en el mostrador y tratando de que mi voz no tiemble—. El servicio empieza a las siete. El más alto, un tipo con cara de pocos amigos y auriculares en la oreja, da un paso al frente sin dejar de escanear el lugar con desprecio. —¿Stella Valenti? —pregunta. Su voz es tan cálida como un cubito de hielo. —Depende. ¿Quién la busca? —Tenemos órdenes de escoltarla a una reunión privada. El señor Sterling la espera. Suelto una carcajada seca, aunque el estómago se me aprieta. —¿Sterling? No conozco a ningún Sterling. Y no voy a ninguna parte con dos tipos que parecen extras de una película de mafia barata. Salgan de mi establecimiento antes de que llame a la policía. El segundo hombre saca un sobre manila y lo desliza sobre la barra de madera. —No es una invitación, señora Valenti. Es un asunto legal urgente relacionado con su... estado civil. El señor Alistair Sterling no tiene mucha paciencia, y sus abogados menos. Me quedo helada al escuchar ese apellido otra vez. ¿Sterling? El único Sterling que conozco, o al menos conocí una vez, fue… Un flash violento me golpea de inmediato. Luces de neón rosa, el sabor amargo del tequila y un hombre rubio con unos ojos azules de infarto y con una sonrisa arrogante con el que me había divertido en un club de Las Vegas cuando decidí celebrar mi mayoría de edad en este país con solo un par de meses de haber dejado Génova. —Eso fue un sueño, no fue real. ¿Verdad? —susurro, sintiendo que el aire se escapa de mis pulmones. —Al parecer no fue un sueño como pensaba y resulta que usted es su esposa ante la ley —asevera el hombre, señalando la puerta—. El auto espera afuera. Miro mi bar, mi delantal y luego a esos dos muros de músculo. Tomando todo de mí, los miro con severidad. —Díganle a su jefe que, si quiere hablar conmigo, puede venir aquí y pedir un turno —digo, aunque por dentro mis piernas son de gelatina al conocer las fatídicas noticias—. Yo no recibo órdenes de desconocidos. —Señorita Valenti —el tono del hombre se vuelve peligrosamente suave—, si no viene por las buenas, el siguiente en entrar por esa puerta será un oficial de migración con una orden de deportación por fraude. Usted elige. El aire se congeló en mis pulmones. ¿Deportación? Siento una punzada de pánico real. He pasado años construyendo este lugar, sudando sobre esta barra, para que un tipo con traje de diseñador venga a decirme que mi vida puede borrarse con un sello de oficina. —Déjala, Miller. Algo me decía que no tiene sentido tratar de razonar con alguien que tiene la cabeza tan dura como el mármol italiano. Esa voz. Era una voz que no pertenecía a este bar. Es profunda, aterciopelada y arrastra las palabras con una seguridad que solo te da el tener varios ceros en la cuenta bancaria. Los dos gorilas se apartan de inmediato, bajando la cabeza en un gesto de respeto casi medieval. Y ahí está él. Alistair Sterling. Lo sé porque su cara está constantemente en los tabloides. Pero está lejos de ser el hombre que conocí hace años, hoy del que apenas tengo recuerdos. Aparece desde las sombras del marco de la puerta como si estuviera entrando en el set de una de sus películas premiadas. Viste un traje gris carbón que grita "poder" y unas gafas de sol que se quita con una lentitud exasperante y sus ojos azules se clavan en los míos. Es él. El tipo del bar. Sabía que no estaba loca al pensar que el director de cine famoso era aquel mismo chico que conoció en el bar, pero ya no es el borracho divertido de Las Vegas; es un tiburón con hambre. —Le dije a tus gorilas que debe ser un error. Debe ser un jodido chiste lo que dicen. Alistair se detiene frente a la barra, observándome con una mezcla de furia y desconcierto. Sus ojos recorren mi delantal, mi cabello desordenado y mi bar. —Claro, "el mejor chiste del mundo" —responde él, con una voz cargada de veneno—. Resulta que el chiste no tiene ninguna gracia, Stella. Niego aun sin creerle. Miro alrededor en busca de una cámara oculta o algo por el estilo porque es inverosímil. ¡No puede ser! —¿De qué hablas? Estábamos borrachos. Nadie se casa de verdad en una capilla que tiene un Elvis de cartón en la puerta. Solo nos dieron un papel de recuerdo. Alistair golpea la barra con una tablet que le tiende uno de los hombres cuando la estira la mano hacia ellos. —Ese "papel de recuerdo" es una licencia matrimonial legal, firmada por un juez de paz real y registrada en el estado de Nevada —sisea, acercándose tanto que puedo ver la chispa de rabia en sus pupilas—. He pasado cinco años viviendo mi vida como un hombre libre, y tú has estado aquí, jugando a ser la dueña de un bar, mientras que, para la ley de este país, eres la señora Sterling. Me quedo sin palabras. Y ahora sí el mundo empieza a dar vueltas. ¿Casada? ¿Con él? ¡Maledizione!
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