CAPÍTULO 2

2594 Palabras
Siento un hormigueo frío que comienza en la punta de mis dedos y trepa por mis brazos, erizándome el vello bajo el delantal manchado que uso para limpiar. Mis pulmones se sienten estrechos, como si el aire de mi propia cafetería se hubiera vuelto demasiado denso para respirar. Frente a mí, Alistair Sterling no se mueve. No parpadea. Su presencia es un recordatorio constante de que mi mundo es pequeño, ruidoso y desordenado, mientras que el suyo es una galaxia de orden y privilegios. Sus ojos azules, del color de un glaciar bajo el sol del mediodía, se despegan de mi rostro para iniciar un recorrido lento y despiadado por el establecimiento. Observa las vigas de madera que necesitan un barnizado urgente; las mesas eran nuevas, ya que eran parte del mobiliario que había adquirido con la hipoteca, y la vitrina de cristal donde los cruasanes estarían en unos minutos, tibios y a la espera de los clientes. No puede disimularlo. Una sutil arruga aparece entre sus cejas y el labio superior se le contrae apenas un milímetro. Un gesto de puro y absoluto desagrado. Es como si estar aquí, respirando el aroma a grano tostado y levadura, lo estuviera contaminando de alguna manera. —Señor... —Uno de los hombres a su espalda, el que parecía tener una mandíbula de granito y el cuello más ancho que mi cintura, da un paso al frente. Se inclina hacia Alistair y le susurra algo al oído en voz baja, algo que no alcanzo a captar por el zumbido de mi propia sangre en las sienes. Alistair no se gira. Mantiene su mirada fija en una mancha de humedad en la esquina del techo antes de replicar con una voz que es como terciopelo sobre cuchillas. —Lo sé —dice en tono cortante—. Retírense. Déjennos tratar este asunto a solas. Esperen en el auto. "Pinky y Cerebro", como he decidido bautizarlos mentalmente en un intento desesperado por restarle gravedad al asunto, no parecen muy felices con la orden. Intercambian una mirada rápida, evaluando los riesgos de dejar a su jefe de millones de dólares a solas con una mujer armada con una jarra de leche y una lengua afilada. Pero, al parecer, nadie le dice que no a Alistair Sterling. Con un asentimiento rígido, ambos dan media vuelta y salen del café, haciendo que la campanilla de la puerta suelte un tintineo que suena a sentencia. El silencio que queda es ensordecedor. Solo el siseo constante de la caldera de Luigi, mi máquina de espresso, rompe la tensión. —Tiene que haber un error —suelto de golpe, repitiendo mi letanía como si al hacerlo pudiera hacerse realidad. Mi propia voz me suena extraña, aguda y cargada de una incredulidad que me quema la garganta—. Esto es absurdo. ¿Un error legal? ¿Una broma de oficina? Me habría enterado. Me habría llegado una carta, un impuesto, algo. No te despiertas un martes cualquiera y descubres que estás unida legalmente a un extraño porque hace cinco años bebiste demasiado tequila en una ciudad que huele a desesperación. Él niega con la cabeza, una vez, con una calma que me hace querer lanzarle el azucarero. —Yo también me acabo de enterar hace unas horas —confiesa, y por un segundo, veo una grieta en su máscara de hierro. Una sombra de auténtica frustración—. Mi abogado hizo el descubrimiento mientras preparaba... otros documentos. Créeme, si hubiera sabido que estaba atado a ti, no habría esperado media década para cortar el lazo. Estoy aquí porque lo último que deseo, lo último que necesita la carrera que he construido, es un escándalo. Se acerca un paso. Solo uno, pero fue suficiente para que su perfume —madera, cuero y algo frío como la nieve— invade mi espacio personal. —Así que, por el bien de ambos, lo más sensato es pedir el divorcio inmediato —continúa, y su tono se vuelve pragmático, como si estuviera negociando la compra de un auto—. Quiero que este proceso sea rápido y limpio. Que nos libere antes de que la prensa o cualquier otra institución meta sus narices donde no debe. —Titubea. Es un instante casi imperceptible, pero sus dedos se cierran en un puño a los costados de su impecable pantalón de traje. —Estoy comprometido —espeta finalmente, y las palabras parecen pesarle—. En poco tiempo voy a casarme. Como comprenderás, mi estado civil actual es... un problema. Un problema que requiere una solución hoy mismo. Claro que lo sabía. La noticia dominaba los tabloides de chisme. El director del año y la nueva actriz exitosa de Hollywood pisarán el altar en poco más de unos meses. Sin embargo, siento una punzada de algo que no sé identificar. No son celos, por supuesto que no. No puedes tener celos de un hombre al que apenas recuerdas hasta hace diez minutos. Es indignación. Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que me duelen los molares. No me molesta que se case con una estrella naciente del cine o con la reina de Saba; lo que me hace hervir la sangre es ese tono de superioridad. El desdén que destila mientras me mira a mí y a mi local, como si yo fuera una mancha de grasa en su zapato de mil dólares. Como si él pensara que yo lo había atrapado a propósito. Como si yo hubiera estado sentada estos cinco años frotándome las manos, esperando el momento de saltar sobre su fortuna. —Estoy de acuerdo contigo en una cosa, Sterling —empiezo, y mi voz sale cargada de un veneno que le hace tensar los hombros—. El divorcio es la única salida. Pero que te quede una cosa clara. No me está agradando nada tu actitud arrogante. Ese tono que usas me hace pensar que crees que yo te tendí los tentáculos, que soy una especie de cazafortunas que planeó esto en una noche de borrachera. Tú no eres la única víctima aquí. Yo también tengo una vida, una que no incluye ser la "Señora Sterling" en secreto mientras trato de llegar a fin de mes. Alistair frunce el ceño, abre la boca para soltar una réplica que seguramente va a ser devastadora, pero no tiene oportunidad. La puerta de la calle se abre de un tirón, golpeando el tope de la pared con un estruendo. —¡Lo siento, jefa! ¡Sé que debía abrir, pero me quedé dormida! —El grito de Lola llega antes que ella. Mi mesera entra como un ciclón de energía caótica, con el cabello recogido en una coleta mal hecha y la mochila colgando de un solo hombro. No ve al hombre de casi dos metros parado en medio de su camino. Su cuerpo choca de lleno contra la espalda de Alistair, haciéndolo tambalearse ligeramente. Él suelta un gruñido ahogado por el impacto. Lola suelta un jadeo de puro susto, rebotando contra él como si hubiera chocado contra un muro de hormigón armado, y yo ahogo una carcajada al ver al hombre siendo atropellado. Alistair cierra los ojos un segundo, manteniendo su expresión dura, pero puedo ver la tensión vibrando en los tendones de su cuello. Juraría que maldice entre dientes en un idioma que solo los directores de cine frustrados conocen. —Lo siento, señor... yo... —Las palabras de Lola mueren en su garganta en el momento exacto en que Alistair se gira para mirarla. Lola se queda petrificada. Sus ojos se abren como platos y un sonrojo violento trepa por sus mejillas, desde el cuello hasta las orejas, cuando lo reconoce; por supuesto que lo hace. Se queda allí, con la boca entreabierta, procesando el hecho de que acaba de embestir al hombre más famoso que probablemente vería en su vida. Decido intervenir antes de que ella empiece a pedirle un autógrafo en el delantal. —Lola, ve a la cocina, por favor —ordeno con firmeza, inclinándome un poco para darle un golpecito en el hombro y sacarla del trance—. Spencer ya está allí preparando todo para los desayunos y la bollería. Ayúdalo con los pedidos de las ocho. Ahora. Lola asiente azorada, sin poder despegar la vista de Alistair mientras camina hacia atrás, tropezando casi con la puerta de vaivén de la cocina. Desaparece de la vista, dejándonos de nuevo en nuestro cuadrilátero privado. Me muevo detrás de la barra, aprovechando ese trozo de madera maciza para que actúe como escudo entre nosotros. Me quito el delantal sucio y tomo uno limpio. Siento sus ojos azules siguiendo cada uno de mis movimientos, pesados y analíticos, clavándose en mi nuca. Me detengo frente a Luigi. La máquina de espresso que está en su punto justo de presión. El calor que emana de ella me reconforta porque es algo real, algo que yo puedo controlar. Tomo el café recién molido, sintiendo la textura granulada entre mis dedos antes de colocarlo en el portafiltros. El sonido del molinillo llena el espacio con una vibración que siento en mis propios huesos. Compacto el café con precisión mecánica y encajo el brazo en la máquina. El líquido oscuro y denso empieza a caer con ese tono avellana perfecto que siempre me saca una sonrisa. Vaporizo la leche, escuchando el siseo agudo hasta que la jarra quema mi palma. Preparo un flat white perfecto, vertiendo la leche con un movimiento de muñeca que termina en un corazón de espuma que hago por instinto, para calmar mis propios nervios y para recordar quién soy yo en medio de esta locura. Tomo una tapa para el envase, dañando el diseño que hice solo por costumbre. Vuelvo mi atención a Sterling y dejo la bebida sobre la barra, justo frente a él. —Cómo puedes ver, Sterling, estoy trabajando —asevero, apoyando las palmas en la madera—. Tengo un negocio que mantener y clientes que no tardarán en entrar por esa puerta esperando su dosis de cafeína. Ahora no es momento para hablar de leyes y errores. Él mira el envase como si fuera un objeto extraño traído de otro planeta. —Necesitamos reunirnos con el abogado de inmediato —replica, ignorando el café—. Puedes dejar al supervisor a cargo. Esto no puede esperar a que sirvas unos cuantos bollos, Stella. Es una prioridad. Suelto una risa seca, cargada de chulería. —¿Supervisor? —repito, señalándome a mí misma con el pulgar—. Estás mirando a la gerente, la supervisora, la barista y, si el fregadero se rompe, también a la fontanera de este lugar. No hay nadie más. Así que no, no puedo irme. Al menos no hasta mediodía, cuando Spencer termine el turno de cocina y pueda quedarse al frente un rato. —Empujo el café en su envase sobre la superficie de la barra, deslizándolo hacia él. —Tómalo. Va por la casa —añado con un tono que sugiere que es una limosna—. Parece que lo necesitas más que yo. Alistair resopla, un sonido de pura impaciencia que le infla el pecho. Mira el reloj de su muñeca —un objeto que probablemente vale más que toda mi maquinaria— y luego vuelve a mirarme a mí. De mala gana, asiente. Sus dedos largos y cuidados rodean la bebida. —A las dos de la tarde —sentencia, y su voz no admite discusión—. Tendré un auto esperándote afuera. Iremos directamente a encontrarnos con el abogado para cerrar este asunto lo más rápido posible. Y Stella... —Se inclina hacia delante, y su mirada se vuelve tan afilada que siento un corte invisible en la piel—. Por tu propio bien, espero que seas sumamente discreta. Si una sola palabra de esto llega a oírse fuera de estas cuatro paredes antes de que tengamos los papeles firmados, ambos estaremos en problemas que no puedes ni empezar a imaginar. Le devuelvo una sonrisa falsa, una de esas que no llegan a los ojos y que destilan sarcasmo puro. —Como desee, su majestad —respondo con una reverencia burlona. Lo veo darse la vuelta con una elegancia que me irrita profundamente. Sale del café sin mirar atrás, sus hombros anchos llenando el marco de la puerta antes de desaparecer en la luz cegadora de la mañana de Los Ángeles. Me quedo allí, inmóvil, sintiendo el calor que todavía emana de la barra donde él había estado apoyado por unos segundos. Mis manos empiezan a temblar ligeramente ahora que la adrenalina empieza a bajar. Me pregunto, con una mezcla de horror y fascinación, qué demonios había visto en ese hombre estirado y gélido hace cinco años para cometer semejante error. ¿Había sido el alcohol? ¿Esa intensidad que parece quemar el aire a su alrededor? Niego con la cabeza, intentando sacudirme el recuerdo de sus ojos azules. —Lo que hace el tequila... —Susurro para mí misma, limpiando la barra con un trapo con más fuerza de la necesaria. —¡Dios mío! —El grito de Lola me hace saltar del susto. Ha aparecido de nuevo, asomándose por la puerta de la cocina con los ojos brillando de una forma peligrosa—. Stella, dime que no estoy alucinando. ¡Ese es el famoso Alistair Sterling! ¡El director! ¡El que salió en la portada de Vanity Fair el mes pasado! ¿Qué hacía aquí? Siento que el sudor frío vuelve a mi nuca. Tengo que pensar rápido. —Sí, es él, pero fue solo casualidad —miento, tratando de que mi voz suene casual mientras evito su mirada—. Su auto se quedó averiado en la esquina y entró por un café mientras esperaba a su equipo de asistencia. Una casualidad, Lola. Nada más. Lola se echa el cabello hacia atrás, entrecerrando los ojos con una expresión que deja claro que no está convencida de mi versión. Mira hacia la puerta y luego hacia mí, analizando mi nerviosismo evidente. —¿Una casualidad? —repite con tono incrédulo—. Jefa, el hombre te miraba como si fueras a estallar o como si quisiera comerte. Debería haberle tomado una fotografía y subirla al i********: del café. ¡Eso atraería una curiosidad loca al lugar! Estaríamos llenos en diez minutos. —¡No! —saltó, gritando más fuerte de lo que pretendo. Lola retrocede un paso, sorprendida—. No… nada de fotos, Lola. Dime que no sacaste una fotografía desde atrás. Ese tipo de personas odia la publicidad no deseada y lo último que necesitamos es a un director de Hollywood demandándonos por acoso. Ella niega y me froto las sienes, sintiendo que el dolor de cabeza empieza a cobrar vida propia. —Mejor limpia las mesas, anda. Y la próxima vez, deberías poner el despertador pegado a tu oreja para que puedas cumplir con tu trabajo a tiempo en lugar de entrar como un terremoto —añado, tratando de desviar la atención hacia su tardanza. Lola asiente azorada, murmurando una disculpa y agarrando el spray limpiador con una energía renovada. Me quedo observándola mientras se ocupa de su trabajo antes de que las otras dos chicas que trabajan para mí lleguen, pero mi mente ya no está en el café. Está en las dos de la tarde y en el auto que vendría a buscarme. Y, sobre todo, está en el hecho de que, por mucho que quiera negarlo, el nombre "Stella Sterling" tiene un sonido aterradoramente real en mi cabeza.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR