Miro a Julien y el silencio que se extiende en el salón de la mansión Sterling es tan denso que casi puedo tocarlo. Él me observa con una sorpresa genuina, sus cejas arqueadas desapareciendo bajo el flequillo oscuro que siempre lleva con un descuido estudiado. Estamos sentados en el gran sofá de terciopelo, el mismo lugar donde hace semanas yo me sentía una intrusa y donde ahora, paradójicamente, estoy orquestando mi propia destrucción. Julien acaba de volver de su viaje de trabajo en Ámsterdam. Me había invitado a tomar algo para ponerse al día, un gesto de cortesía que en otro momento yo habría rechazado con una frase cortante. Pero esta vez, fui yo quien lo invitó a la casa de Alistair. Hay algo que necesitaba pedirle, una transacción desesperada, y por su reacción, «su boca entreabier

