El sonido del cuchillo golpeando la tabla de madera es rítmico, seco y violento. Estoy cortando melocotón, pero la precisión que normalmente aplico en la cocina de mi café ha desaparecido por completo, reemplazada por una fuerza bruta que amenaza con astillar la superficie de madera. Siento cómo la hoja de acero se desplaza con más saña de la necesaria, hundiéndose en la pulpa dulce y anaranjada con una urgencia que nada tiene que ver con el desayuno y todo que ver con el caos que bulle en mi estómago. Es mi forma física de procesar el desastre. Una manera de no gritarme a mí misma lo estúpida, fácil y vulnerable que había sido. Había cedido. Finalmente, después de miradas cargadas, de roces accidentales y de una tensión que se puede cortar con el mismo cuchillo que ahora sostengo, mi cu

