El zumbido de la cafetera, el tintineo de los cubiertos chocando contra la porcelana, el olor a café y el murmullo constante de las conversaciones cruzadas crean la sinfonía más hermosa que he escuchado en días. Observo desde detrás de la barra, con las manos apoyadas en la encimera fría y las palmas aún calientes por el vapor, cómo La Dolce Vita cobra vida de nuevo. Es como ver un organismo que respira tras haber estado en coma profundo; el brillo de la madera nueva, el olor a barniz que empieza a disiparse bajo el aroma del café tostado y la energía que emana de cada mesa me llenan los pulmones de una manera que no creía posible. Veo a Lola y a las chicas moverse con una coreografía aprendida por la experiencia entre las mesas, esquivando clientes con una agilidad que envidio. Drew se e

