El tenedor da vueltas mecánicas sobre el plato, enredando los hilos de fettuccine en una danza circular que imita perfectamente el bucle infinito de mis pensamientos. El aroma de la trufa blanca y la mantequilla artesanal sube hasta mi nariz, pero mi paladar se siente extrañamente anestesiado. Debería estar disfrutando de este manjar en este agradable lugar donde las mesas están lo suficientemente separadas como para que los secretos no vuelen, pero lo único que saboreo es la hiel de una incertidumbre que se me ha instalado en la base de la lengua desde anoche. Frente a mí, Julien me observa. Está impecable, como siempre, con una camisa de lino entreabierta que deja ver justo lo necesario de su piel bronceada y esa mandíbula que parece esculpida por un artista del Renacimiento. Es el epít

