Me detengo frente al espejo de cuerpo entero que preside el vestidor de Alistair, una pieza de cristal tres sesenta que parece juzgarme antes incluso de que yo pueda juzgarme a mí misma. La iluminación del vestidor cuenta con un sistema de LEDs cálidos empotrados en el techo; bañan mi figura con una claridad implacable. No hay sombras donde esconderse. Llevo puesto un vestido de corte A que me llega a la mitad de los muslos, de un azul oscuro tan profundo que en la penumbra podría pasar por n***o, pero que bajo la luz revela destellos de un zafiro nocturno. El cinturón dorado, una cadena delicada pero firme, acentúa mi cintura, recordándome que, a pesar del estrés de los últimos días, mi cuerpo sigue ahí, vibrando bajo la tela. Las sandalias nude que Alistair había mandado traer junto a o

