La masa bajo mis manos es elástica, fría y, en este momento, el receptor de toda mi furia contenida. Estiro el rodillo con una fuerza excesiva, sintiendo cómo mis músculos se tensan y cómo el peso de mis hombros parece transferirse a la encimera de la cocina. Cada pasada del rodillo es un grito silencioso por el broche de esmeraldas que ya no está en mi bolso, por la traición a la memoria de mi nonna y por el fajo de billetes que quema como ácido dentro de mi habitación. Es una forma de purga. Necesito que este dolor salga de alguna manera, y la cocina siempre ha sido mi campo de batalla. Del otro lado de la mesa, Lynette y Brandon me observan en un silencio sepulcral. No son tontos; han visto el brillo errático en mis ojos y la rigidez de mi mandíbula desde que bajé del auto. Cuando mis

