A la mañana siguiente, Aarón Hill no fue a trabajar, para todos eso fue algo extraño, el señor Hill jamás se tomaba días libres sin avisar.
Nadie sabía si le había pasado algo, salvo Penélope, la cual estaba aterrada sentada en su escritorio mirando a la nada.
—Él nunca falta —murmuró una de las empleadas.
Penélope no respondió. Solo se preguntó, si, ¿En verdad un demonio se había instalado en el hermoso cuerpo de su querido Aron?, sonaba fantasioso, casi ridículo, pero recordarlo actuar tan raro de un día para otro, la hizo temblar.
—Oye.
Penélope pegó un brinco, mientras que Miri se disculpó por haberla asustado. —¿Estas bien?.
—Si, solo estaba…preparándome.
—¿Iremos a su departamento?.
Penélope asintió.
—Esto me da miedo, pero también me intriga— dijo Miri abrazándose asi misma. —Nos vemos a la salida entonces.
Esa misma tarde, ambas fueron juntas al departamento de Aron, no era la primera vez, que Penélope había estado ahí, ya había ido antes, aunque nunca fue de la manera que ella esperaba, una vez fue a dejarle un traje a su jefe, otra, fue a dejarle medicina ya que estaba enfermo.
El edificio donde vivía Aarón era elegante, definitivamente perfecto para él.
Se detuvieron frente a su puerta y se miraron la una a la otra.
—¿Qué hacemos si está aquí?—Preguntó Miri en voz baja.
—Le diré que le traje unos papeles a firmar, solo…solo sígueme la corriente.
Penélope respiró hondo y tocó el timbre, pasaron algunos segundos y nada, volvió a tocar y nada, giró la perilla de la puerta y esta se abrió, no tenía seguro, se miraron de nuevo y Penélope abrió la puerta, todo ahí dentro estaba oscuro, demasiado oscuro y el frio se sintió en los huesos.
—¡Hola!, señor Hill, soy Penélope.
Nadie respondió.
—¿Entramos?—Preguntó Miri.
Al cruzar el umbral, ambas sintieron una vibra extraña, Penélope buscó el interruptor de la luz, y cuando la luz se encendió.
El lugar era un caos, había botellas de licor regadas por todo el piso, vasos rotos.
Ropa femenina dispersa por el suelo como si hubiera pasado un huracán… selectivo.
Pero lo peor no era eso, eran las marcas en el techo.
Arañazos largos, profundos.
Como si algo con garras se hubiera aferrado ahí.
Miri susurró: —¿Se abran metido a robar?.
—No, más bien parece que…
—Hubo una orgía—Le ganó Miri a responder mientras miraba la ropa de mujer en la mesa del comedor.
—Revisemos las habitaciones, tal vez este dormido.
—No estoy muy segura de tu plan Penélope, ¿Siquiera tienes un plan?.
El departamento estaba vacío, y el sol empezaba a meterse, haciendo que todo se viera aún más tétrico.
—Vámonos. Volvemos mañana —dijo Miri al sentir un escalofrío en todo el cuerpo, no había nadie ahí.
Penélope asintió. —Si, hay que volver mañana.
Caminaron hacía la puerta.
Y justo cuando Penélope puso la mano en el picaporte…
La cerradura giró.
Las dos se miraron totalmente aterradas.
—Al armario—susurró Miri y corrió a la habitación mientras que Penélope la siguió.
Se metieron en el armario y casi se abrazaron mutuamente.
Podían ver hacia el exterior por una rendija.
La puerta principal se abrió, se escucharon risas, pasos, un golpe y de pronto, Aron entro a la habitación, acompañado de una mujer.
Su postura era más relajada, como alguien que no tiene reglas.
—Este lugar es un caos, ¿Desde cuándo estas de fiesta?—Preguntó la mujer que lo acompañaba mientras se quitaba los tacones, era bonita, voluptuosa.
Penélope sintió algo apretarle el pecho, su Aron jamás se involucraría con mujeres de ese tipo.
—Desde que tengo uso de razón—Respondió Aron mientras le daba una nalgada.
—Eres muy travieso.
—No te imaginas cuánto.
—¿Y tienes mucho dinero?.
—Si, así es, pero créeme, el dinero es lo de menos, ¿Quieres saber qué es lo que vale mucho en esta vida?.
—¿Qué?.
—El tiempo.
La mujer se carcajeo y negó. —¿Tiempo?, dile eso a mí casero, tal vez me perdone un año.
—No eres muy lista, ¿Verdad?, que importa, solo te necesito para una cosa— dijo Aron atrayéndola y besándola como si no hubiera un mañana.
Penélope apretó los dientes, la cosa dentro de su jefe estaba aprovechándose de él, usándolo de ese modo, ella no lo soportaba.
No soportaba ver como su Aron besaba a tipas como esa, él no merecía eso.
Entonces, sin pensarlo, apretó el amuleto y susurró:
—Detente…
Fue un susurro débil qué apenas salió de sus labios.
Pero el efecto fue inmediato.
Aarón se quedó rígido, sintiendo una punzada en la nuca qué casi lo hace tambalear.
Se llevó la mano a la cabeza, haciendo un gesto de dolor real, algo que nunca antes había sentido.
—¿Estás bien?—Preguntó la mujer al verlo.
Aarón levantó la mirada lentamente.
Sus ojos estaban oscuros. —¿Sabes qué otra cosa es valiosa?…, la libertad—Dijo tomándola del brazo y jalándola.
—Oye…¿Qué te pasa?, ¿Te volviste loco?...
—Largo…—Dijo él con firmeza, se escuchó una puerta azotarse y luego todo quedó en silencio.
—¿Qué pasó?—Preguntó Miri en voz baja.
Penélope le hizo señas de que guardara silencio, y entonces miró a Aron volver a la habitación, se desabotonó la camisa con calma y se la quitó, dejando al descubierto ese perfecto cuerpo.
Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo.
Como un animal recuperando el control.
Y entonces…
Sonrió.
—Puedo oler a dos ratas aquí dentro —dijo en voz baja.
Miri dejó de respirar.
Penélope sintió el terror subirle por la espalda.
¿Porque sonreía así?…
El silencio en el departamento se volvió espeso.
Aarón seguía sentado, inmóvil, sonriendo hacia la nada.
—Contaré hasta tres y si no salen, entonces yo entraré y créanme, no quieren eso…uno…
El armario se sentía más pequeño, mucho más caliente.
—Dos…
Miri respiraba rápido.
Penélope apretaba el amuleto con tanta fuerza que le dolía la mano.
Entonces…
Se escuchó un paso.
Pero Aarón no se había movido, seguía sentado en aquella cama, salvo que esta vez, miraba fijamente aquel armario, Penélope sentía que su mirada estaba fija en ella.
—Dos y medio…
Otro paso más cerca.
Las luces del departamento empezaron a parpadear, y de pronto…todo quedó en oscuridad total.
La puerta del armario tembló y entonces Miri no pudo contenerlo más, pegó un grito.
Mientras que Penélope sujetaba ambas puertas para evitar que lo que fuera que estaba ahí, entrara.
—Y tres.
De pronto, el ruido se detuvo, hubo un silencio que heló la sangre de ambas.
Hasta que…
—Las encontré— La voz de Aron vino desde detrás de ellas, haciéndolas gritar y salir a toda prisa del armario.
Corrieron hacia la salida, pero el pasillo era más largo.
La puerta principal parecía… demasiado lejos.
Antes de siquiera llegar, Miri se detuvo de golpe y se quedó petrificada, con los ojos abiertos, mirando al frente.
Penélope se giró para verla y la tomó de la mano, pero la soltó con rapidez al sentir sus dedos rígidos y fríos, era como si se hubiera congelado.
—Miri… Miri vámonos…
Penélope la sacudió. Y al ver sobre el hombro de Miri, la respiración se le fue.
En la oscuridad del pasillo, había una forma, alta, con cuernos que casi tocaban el techo.
Una sombra que le erizó la piel, los pasos crujían en el piso laminado, la sombra se acercaba cada vez más haciéndose más grande, y del pasillo, salió Aron, con aquella sonrisa que no era propia de él.
Penélope sintió que el miedo le paralizaba el pecho.
—Aquí está mi pequeño ratón, la pregunta es, ¿Qué debería de hacer contigo?.
El amuleto en la mano de Penélope ardió. Este parecía, su fin.