Capítulo 5. El plan.

1618 Palabras
Penélope estaba temblando, pero no retrocedió, tenía que salvar a su amado Aron. Levantó la mano donde el amuleto colgaba y trató de que su voz sonará firme. —No te acerques. Aarón se quedó quieto. Luego soltó una risa baja, entretenida. —¿Y qué crees que estás haciendo, pequeña humana?. Pero entonces ocurrió, su expresión cambió, una punzada invisible lo atravesó, se llevó la mano a la cabeza y esta vez, su rodilla golpeó el suelo. El sonido fue seco. Los ojos de Aarón se alzaron lentamente. Con comprensión. —Tú… —dijo con una voz más profunda que antes—. Tú me invocaste. Penélope tragó saliva. —Sí…si fui yo… El pasillo se sintió más pequeño. —Pero ya no te necesito. Sal del cuerpo de Aarón, ¡Fuera!, yo te expulso a ti…a ti demonio—Dijo Penélope recordando algunas películas de terror que había visto. Silencio. Ella apretó el amuleto. —¡Te ordeno volver al infierno!. Por un segundo…pareció que algo iba a suceder. Pero entonces él sonrió aún más ampliamente. —Que puedas llamarme… no significa que sepas manejarme. Su rodilla dejó el suelo, se puso de pie sin mucha prisa. —Y por lo que veo, no sabes con quien estas tratando. Dio un paso hacia ella. El aire se volvió pesado. Penélope retrocedió hasta chocar con la pared. —No juegues con cosas que no entiendes… Su voz vibraba en las paredes. Sus ojos brillaron con intensidad, como un lobo mirando un jugoso trozo de carne. Él disfrutaba del miedo que provocaba en ella. El amuleto ardió más de lo que ella podía soportar. Penélope gritó y lo soltó; el objeto cayó al suelo con un sonido seco. Aarón levantó la cabeza. Sus ojos ya no eran oscuros. Eran de un rojo profundo, opaco, como brasas cubiertas de ceniza. Se inclinó hacia ella, tan cerca que Penélope sintió su respiración helada rozarle la piel. —Hueles… dulce —susurró. Penélope reunió el poco valor que le quedaba. —¡Aléjate!. La palabra salió temblorosa, pero cargada de voluntad. Aarón se alejó un paso. Su expresión se tensó un segundo. Como si algo invisible lo jalara desde adentro. Y luego la sonrisa volvió, más peligrosa que antes. Un fuerte golpe hizo que Penélope cerrara los ojos y cuando los abrió, él ya no estaba. Se desvaneció, las luces se encendieron de nuevo y Miri pegó un grito, saliendo de ese estado en el que estaba. —¡AAAAAA!. Penélope la abrazó, aun temblando. —Ya pasó… ya pasó… —Que fue…que fue…¿Qué fue eso?—Preguntó Miri mirando a todos lados totalmente asustada. —Hay que irnos, él puede volver. Salieron del departamento sin mirar atrás. Mientras caminaban, Penélope miró sus manos. Todavía sentía el calor del amuleto y se sintió una tonta, lo había soltado y no lo levantó. Como fuera, no iba a volver ahí, por lo menos no está noche. Esa noche, Penélope no durmió. Cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos rojos, esa sonrisa, despertaba sobresaltada una y otra vez, empapada en sudor. Se quedó en la sala, con la luz encendida, abrazando sus rodillas. El departamento estuvo en silencio un rato, y justo a media noche, empezaron los ruidos, pasos suaves en el techo, un golpecito en el baño, el crujido de la puerta. Penélope sabía que no había nadie ahí, así que prefería no ir a revisar, Miri había caído rendida en la cama, como si hubiera corrido todo un maratón. Penélope no pudo más, el sueño empezaba a ganarle cuando la luz parpadeo, se levantó de golpe y tragó saliva, jamás fue una chica religiosa, pero esa noche, rezó más de lo que había rezado en toda su vida. A la mañana siguiente, Penélope tenía ojeras profundas, piel pálida y ojos rojos. Parecía enferma, y Miri por otro lado, salió de su cuarto estirándose como si hubiera dormido bastante bien. —Buenos días. Penélope la miró. —¿Qué te pasó? Pareces atropellada por un camión, ¿No dormiste nada?. —¿Dormir? —Penélope soltó una risa nerviosa—. ¿Después de ayer?. Miri frunció el ceño. —¿Qué pasó ayer?. Silencio. —Lo de Aron, en su departamento… Miri la miraba como si estuviera hablando otro idioma. —¿Fuiste al departamento del señor Hill?—Preguntó Miri mientras ponía la cafetera en la estufa. Penélope se quedó fría. —Si, ¿No lo recuerdas? Miri negó. —Miri, estuviste ahí conmigo. —Ja, no recuerdo haber ido al departamento del señor Hill. Penélope… —Miri cruzó los brazos—. De verdad tienes que dejar de obsesionarte. Ayer salimos del trabajo, pedimos comida y vimos televisión hasta tarde. Penélope sintió que el suelo desaparecía. —No… no… estuvimos ahí. Él… nos encontró… Miri negó. — Debiste soñarlo, ¿Ya desayunaste?, te hago unos huevos revueltos. Penélope la miró fijamente. —Miri, un demonio se le metió a mi Aron, ¿Recuerdas eso?. Miri se carcajeo y negó. —Que locuras dices ahora, te dije que no jugaras con esos rituales raros, por supuesto que ibas a tener pesadillas, en la noche te hare un té para que puedas dormir mejor. —No puedo con esto, voy a bañarme—dijo Penélope dándose por vencida. Penélope volvió a la tienda esa tarde. El vendedor levantó la vista apenas entró. No parecía sorprendido de verla de nuevo. —¿Ahora qué hiciste? —Le borró la memoria a mi amiga —dijo ella sin aire. El hombre suspiró. —Ya te había dicho que este no es un espíritu o un demonio cualquiera. —Perdí mi amuleto, dame otro. —No soy santero, niña. Y te dije que lo cuidaras. No peleo con reyes del inframundo. Se inclinó debajo del mostrador y sacó un papel. —Pero conozco a alguien que sí podría. Le escribió un número. —Ve a esta dirección y dale esto al hombre que te atienda. Si acepta verte… tuviste suerte y tal vez te ayude. Penélope miró la dirección y se apresuró a ir. Llegó hasta una casa en una zona que parecía olvidada, la puerta era de madera, había hierbas colgando, Penélope tocó y un hombre mayor abrió. —¿Qué quieres?. —Hola…soy Penélope, me mandaron con usted por un…problemita— dijo ella dándole el papel que el vendedor de la tienda le dio. El hombre miró aquel papel y le abrió la puerta por completo, miró en todas direcciones. —Pasa. Penélope le explicó con calma todo lo que le estaba pasando y al final aquel hombre dijo: —Mala cosa trajiste. Ella tragó saliva. —¿Puede ayudarme?. —Estos demonios… —dijo—. No son espíritus errantes que se despojan con un exorcismo. Son algo de más alto rango con jerarquía. Aquí, en el plano terrenal, tienen pase libre. Todo es nuevo. Todo es interesante y son muy poderosos. Se apoyó en su bastón. —No se va a ir fácil. Penélope sintió que le faltaba el aire. —Pero… puedo ordenarle… —Ordenar no es controlar, él te obedece, sí, pero solo hasta cierto limite, no puedes ordenarle que te de dinero o cosas materiales, solo puedes, mantenerlo a raya, no sé si me explico. —¿Qué puedo hacer?. El hombre la miró largo rato. —En algunos Grimorios antiguos, se habla de una solución. Hizo una pausa. —Se le daba un recipiente al demonio. Penélope no entendió. —¿Recipiente? —Un cuerpo que pudiera contenerlo. Ella palideció. —¿Un… humano? El hombre no respondió de inmediato. —Si, sería mejor sí. —No… no… yo no voy a involucrar a nadie más en esto. —Calma —dijo él—. Hay otras opciones. Ella levantó la mirada, desesperada. —Se puede atraer a un cuerpo vivo que no sea humano, algo que él pueda poseer y que quiera. Su voz era grave. —Un animal grande. Fuerte. Con energía suficiente para sostenerlo, usualmente se usan chivos o cerdos, una vaca tal vez. Penélope temblaba. —¿Y después?. —Se hace un ritual de despojo, se cierra el círculo y se mantiene aislado, para después…matar el recipiente, así él no tendrá nada a que aferrarse, volverá de donde fue sacado. —Usted…¿usted puede hacerlo?. —Solo quien lo invoca puede, puedo orientarte, pero solo tú puedes devolverlo de donde sea que lo trajiste. —¿Por qué llamarlo no fue tan difícil?—Se preguntó Penélope así misma. —Así es el juego, cualquiera puede invocar, pero no cualquiera puede controlar estas cosas, ¿Te imaginas?, el caos que todo el mundo haría si pudieran controlarlos. —¿Y si no funciona?. —Tendrás un demonio muy enojado. Penélope tragó saliva. —Piénsalo bien —dijo el hombre—. Porque una vez que empieces… no puedes detenerte a medias, se tiene que hacer, sí o sí. —No sé cómo atraparlo, ¿Qué hago?. —Pues puedes inyectarle algún sedante, o darle alguna pastilla para dormir, al final de cuentas el cuerpo en el que está, es humano, no puede poseer un cuerpo, así como así, técnicamente está atrapado en tu jefe, cuando lo duermas, podemos empezar el ritual. —¿Cuánto va a cobrarme?. Aquel hombre suspiró. —No será barato, y necesitaré algunas cosas en específico para esto, digamos que…dos mil dólares, más o menos. —¿Dos mil?. —Ya te dije, piénsalo, vale la pena salvarlo o no. Penélope lo pensó. —Veré si puedo conseguir esa cantidad. —Te daré mi número, no tardes, estas entidades son consumidores compulsivos.
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