El sonido del teléfono rompió la quietud de la madrugada. Me desperté de golpe, con la respiración pesada y el pulso acelerado. El aparato vibraba sobre la mesa junto al sofá, su insistencia perforando la oscuridad del departamento. Sin pensarlo demasiado, lo tomé y respondí. —¿Asher? Hubo un segundo de silencio antes de que su voz resonara firme al otro lado de la línea. —Estoy en camino al departamento. Fruncí el ceño, sentándome lentamente, tratando de sacudir el entumecimiento del sueño. —¿Por qué? El sonido del motor de su auto se filtró por la bocina antes de que hablara. —Para que conozcas a tus hijos. El mundo pareció detenerse. Mis dedos se aferraron con fuerza al teléfono, mis pensamientos enredándose en un torbellino de incredulidad y desesperación. —¿Qué

