La noche había caído con un peso diferente, no era oscuridad común, era una advertencia. El tipo de sombra que no solo es ausencia de luz, sino presencia de algo más. Algo que observa. A las 11:52, estacioné la motocicleta en una calle lateral, lo suficientemente cerca para escapar rápido si todo salía mal. Lo llevaba todo encima: el sobre, el teléfono cifrado, la calma cuidadosamente construida. El lugar de la entrega era un estacionamiento subterráneo vacío, de esos que huelen a humedad vieja y a aceite derramado. Entré caminando, con pasos firmes, sin prisa y sin titubeos. La estructura de concreto devolvía el eco como si cada movimiento se multiplicara en todas direcciones. Había una sola luz encendida al fondo, parpadeante y artificial. Una figura se materializó junto a una de las

