El rugido del motor fue lo único que me sostuvo despierto. No había cerrado los ojos en toda la noche, pero el cuerpo ya aprendió a sostenerse por pura inercia. Frené unas calles antes. No podía acercarme más. Las cámaras de la oficina del abogado eran demasiado precisas y mi imagen —por muy “muerta” que estuviera— seguía siendo patrimonio del escándalo. Me quedé inmóvil unos minutos, oculto entre la fila de automóviles aparcados como un espectro con forma de hombre. El casco ocultaba mi rostro; el cuero de la chaqueta, lo que quedaba de mi cuerpo. Solo mis ojos, detrás del visor polarizado, se atrevían a buscarla entre los cuerpos que entraban uno a uno al edificio. Y entonces, ahí estaba. Christine. Mi nombre dejó de tener sentido en ese momento. “Arthur” era una maldición cuando ell

