El salón del consejo bullía de murmullos al entrar con Lucien. La cúpula abovedada atrapaba hasta el más mínimo susurro, devolviéndolo multiplicado en ecos de chismes sobre nosotros. Las miradas se clavaron en mí al instante—algunas descaradas, otras fugaces pero igual de inquisitivas. Después de todo lo que había pasado, ya no me afectaban. Mientras lograra aprobar el proyecto y derrotar a Alexander, me daba igual lo que pensaran. Aunque bueno, sus juicios todavía se sentían como rasguños en la piel. Faye no perdió tiempo: seguro ya había regado nuevos rumores sobre mí, intentando tapar sus propios escándalos—aunque para mí no eran escándalos, más bien verdades sobre su historia y sobre por qué estaba luchando con uñas y dientes contra ellos. No tenía idea de qué mentiras ha

