[SALVADOR]
La pausa llega antes de lo que esperaba.
El equipo se dispersa con la naturalidad de siempre, las conversaciones técnicas se transforman en ruido casual, y la intensidad que había ocupado el set hace unos minutos se diluye en algo mucho más manejable.
Pero no desaparece.
No para mí.
Intento mantenerme ocupado revisando notas, ajustando detalles que no necesitan ser ajustados, pero la concentración no se sostiene más de unos segundos seguidos.
No después de lo que pasó.
La veo salir del set sin prisa, con la misma calma que ha tenido desde que llegó esta mañana, como si nada hubiera cambiado, como si lo que ocurrió hace unos minutos no hubiera alterado el ritmo de nada.
Eso es lo que termina de romper el mío.
No pienso demasiado cuando decido seguirla.
La cafetería del estudio está a medio llenar, lo suficiente como para no llamar la atención, pero no tanto como para perder privacidad. Kamilla ya está sentada cuando entro, con una taza de café frente a ella y el teléfono a un lado, aunque no lo está mirando.
Levanta la vista antes de que llegue a la mesa.
Sabía que iba a hacerlo.
Eso es evidente.
No pregunto si puedo sentarme.
Simplemente lo hago.
La silla se mueve lo suficiente como para romper el silencio entre nosotros, pero no lo suficiente como para incomodar a nadie más.
—¿Siempre haces eso? —pregunto, apoyando los antebrazos sobre la mesa.
Kamilla no responde de inmediato. Lleva la taza a los labios, bebe con calma y la deja en su lugar antes de mirarme.
—¿Hacer qué?
No evade la pregunta.
Pero tampoco la responde.
La sostengo un segundo.
—Cambiar la dinámica de una escena sin decirlo.
Una leve inclinación de cabeza.
Casi imperceptible.
—No la cambié —dice—. Solo la llevé a donde tenía que estar.
Su tono es tranquilo.
Demasiado.
—No estaba en el guion.
—Tampoco lo que hiciste tú ayer.
La respuesta llega sin pausa.
Directa.
La miro.
—Eso fue una corrección.
Kamilla deja escapar una leve exhalación, apoyando la espalda en la silla sin romper la mirada.
—Claro.
No hay burla en su voz.
Pero tampoco acuerdo.
El silencio se instala, pero no es incómodo. Es preciso. Se sostiene entre los dos como algo que ninguno está dispuesto a romper primero.
—Podrías haber trabajado la escena con Adrián —añado finalmente—. Era lo lógico.
Kamilla inclina apenas la cabeza.
—Podía.
No dice más.
No lo necesita.
—Pero no quisiste.
—No.
La respuesta es inmediata.
Sin matices.
Sin suavizarla.
La observo un segundo más de lo necesario.
—¿Por qué?
Kamilla no baja la mirada.
No se protege.
No lo disfraza.
—Porque contigo funciona distinto.
El aire cambia.
No de forma evidente.
Pero cambia.
No respondo de inmediato.
Ella lo nota.
Y no retrocede.
—No es mejor —añade—. Es más… preciso.
Paso el pulgar por el borde de la mesa, manteniendo el gesto controlado.
—Eso no siempre es una ventaja.
Kamilla se inclina apenas hacia adelante, lo suficiente como para reducir la distancia sin que el gesto sea obvio.
—Depende de lo que estés buscando.
La sostengo.
—¿Y tú qué estás buscando?
La pregunta se queda entre nosotros más de lo necesario.
Kamilla sonríe apenas.
No es abierta.
No es evidente.
Pero está.
—Eso todavía no lo decides tú.
No responde más.
No hace falta.
El ruido alrededor vuelve a aparecer, como si alguien hubiera subido el volumen sin que lo notara.
Me quedo ahí un segundo más.
Después me levanto.
No porque quiera.
Porque es lo único que mantiene algo de control.
Pero cuando me alejo de la mesa…queda claro que ya no es suficiente.