Al terminar el instituto vuelvo a casa junto a Camille. Durante el trayecto de vuelta a la manada puedo desahogarme con ella, es tranquila pero sabe guardar secretos. Me quejo de lo imbéciles que son los hijos de Neo, el padre de Ryan y la idiota de su hermana menor Dakota. Me molestan demasiado ambos, los dos son igual de pesados.
— Me tienen harta.
— Podrías decirle a todas las manadas que eres la Alfa, te fastidiarían menos.
— Mi padre me dio de plazo hasta los dieciocho.
— ¿Pero de qué sirve ese plazo? Alina, no vas a dejar de ser la Alfa, ni tampoco va a cambiar la reacción de la gente.
— Solo quiero un poco más de tiempo, cuando sepan que soy todo cambiará.
— Si, y te respetarán más.
— Tendrían que respetarme simplemente por ser una persona.
— Ya, los humanos no son los seres más queridos en estos lugares Alina. Ya sabes, nos cazaron y mataron solo porque no podían con la envidia que nos tenían. – rueda los ojos.
— Lo diré, Camille, en algún momento.
Con Camille puedo hablar de esto porque es la única fuera de la familia, antes incluso de saber que era la pareja destinada de Ángel, que sabe que soy la próxima Alfa de nuestra manada, de la gran White Blood Moon. Camille lo sabe porque desde que yo me enteré supe que ella sería mi beta.
Al llegar a casa la comida ya está preparada, aunque como de costumbre comemos los seis junto al hijo Zafiro, Kailand, Kai para abreviar. Él también es de nuestra edad, y un amigo querido que sabe que soy su Alfa porque vive en esta casa y es complicado mentirle a quien vive bajo el mismo techo que tu. En especial cuando mis primeras transformaciones fueron tan caóticas que necesité de toda la ayuda presente en la mansión.
— ¿Qué tal el primer día? – pregunta Kai, él no fue por ir al médico.
— Tan bien como siempre.
— ¿Otra vez Dakota? – gruño. – No le hagas caso, Alina, solo te tiene envidia.
— Que le den. – se ríe.
Un rato después de comer, cuando no sentimos que lo vamos a echar todo si nos dan un mal golpe, los chicos se van a entrenar al cuartel. Ahí es donde podemos luchar cuerpo a cuerpo, lobo contra lobo o simplemente con los sacos de boxeo para sacar la frustración que es lo que suelo hacer yo. Sephora, Camille y yo nos quedamos un rato más antes de alistarnos. Para suerte de mis amigas, siempre tienen algo de ropa en mi habitación y sino tampoco nos diferenciamos mucho en la talla. Para nosotras es normal compartir ropa.
— ¿Lista para tu primer entrenamiento? – Sephora se ríe. – Intenta que no te pateen mucho el culo.
— Voy a patear tu culo si te sigues burlando de mi. – la señalo con mi dedo.
— Tiemblo de miedo. – las tres nos reímos. – Seguro que lo haces genial.
Esta es la primera vez que voy a presentarme en el cuartel estando abierto. Normalmente entreno en casa con mi padre o en el cuartel pero a mitad de la madrugada cuando nadie puede verme. Pero mi padre dijo que este año estaba demasiado ocupado como para seguir siendo mi entrenador personal, así que tendría que entrenar como el resto de lobos de la manada, me gustase o no.
No es necesario ir en coche hasta el cuartel, aunque la manada es grande, podemos ir andando a todos los lugares que necesitamos, y en su defecto quienes ya se han transformado pueden ir en su forma loba y pueden llegar muy lejos. Somos rápidos.
Mientras andamos por las calles veo a unos lobos adolescentes, no deben tener más de catorce años, metiéndose con una cachorra que no debe tener ni diez años aún.
— ¿Qué hacéis? – les llamo la atención para que se detengan.
— Es hija de unos omegas, va a ser una loba débil si llega a transformarse. – se me enciende la sangre al escuchar su tan evidente desprecio por miembros de mi manada.
— ¿Y qué hay con que sus padres sean omegas? Un omega es tan valioso como un beta o un delta, todos los lobos son necesarios para el funcionamiento correcto de una manada. El rango de tus padres no siempre define tu propio rango, y tampoco te tiene porque definir como débil ser un omega. Conozco omegas que os harían llorar, niños. – los reprimo. – Ojalá la Diosa os escuche hablar tan mal y os castigue como es debido.
— Mi hermana dice que tu no puedes hablar de rangos o de debilidades, no has pasado aún por la transformación aunque tienes diecisiete. – el más alto de los dos intenta intimidarme.
— Me importa una mierda que no haya pasado por mi transformación, sigo siendo la hija de vuestro Alfa y una princesa demonio por si se os olvida. – les recuerdo. – Y mi transformación es lo que menos importa aquí, vuestra falta de consideración por miembros de nuestra manada es el tema que estamos discutiendo no otra cosa. Y que yo sepa ustedes tampoco han pasado por la transformación, ¿o si?
— Tenemos catorce.
— Y por eso mismo tienen que educaros en casa para saber respetar los rangos sin insultar a ninguno. – aprieto mis puños para no cometer una locura. – Espero que cuando llegue su transformación sean betas, porque como sean omegas veo que lo van a pasar muy mal.
No les dejo responder esta vez, me voy antes de que puedan decir nada. No tengo porque discutir con unos adolescentes que no quieren entender, sus padres tendrían que darles mejor educación de la que le están dando.
Al llegar al cuartal todas las miradas se giran a mirarme. No miran a mi cuñada porque ya la han visto antes, ella como beta entrena normalmente después del instituto. Para todos es una novedad que yo haya decidido venir aquí. No es como si esperasen que no entrenase al no haber pasado por la transformación, es que todo el mundo creía que no lo haría por vergüenza a ser la única hija de su Alfa que no se ha manifestado como una cosa u otra. Para ellos ni soy una loba, ni un demonio porque no huelo como mis hermanos más mayores.
Al oler a su pareja mi hermano sale de donde sea que estuviese y les gruñe a aquellos que estaban mirando a Camille. Para mi desgracia yo aún no he encontrado a mi pareja destinada, porque Anton también la encontró yo. Pero bueno, todavía tengo a mis gemelos para protegerme si fuese necesario. Aunque me gusta más la forma de Anton de protegerme, me recuerda mucho a la forma de mamá. Por desgracia mi madre ya no está, fue asesinada cuando a penas tenía diez años.
— Alina, no puedes venir así vestida. – me regaña Caleb, el padre de Camille como si mi ropa fuese muy distinta a la de su hija.
Camille se tapa un poquito más que yo, pero no es como si yo fuese desnuda por la vida. No entiendo muy bien que tienen de malo mis leggins deportivos o mi top, ni siquiera se me marcan los pezones.
— ¿Por qué? – lo desafío cruzándome de brazos, ni mi padre me dice que ponerme como para que su beta se crea con tanta importancia como para hacerlo.
— Porque lo digo yo. – me reta con la mirada.
Se cree que por ser el padre de Camille y el beta de mi padre lo voy a dejar ganar. Venga ya, soy una jodida Alfa y yo no dejo que nadie me gane. A mi solo me gana quien me desafía y me mata, y nadie de esta manada es más fuerte que yo. No son más fuertes que mi padre y yo ya lo he derrotado varias veces en nuestros entrenamientos privados.
Ni mis hermanos me desafían en broma porque ya los he herido sin querer. Tengo que reconocer que a veces me cuesta medir la fuerza de mi loba. Reina se ríe mucho con lo poco que controlo lo que me da cuando soy humana, por eso prefiero luchar en mi forma lobo. Ella sabe que hacer, y sabe como hacerlo de una manera muy elegante.
— Porque lo digas tú, ¿qué eres?¿mi padre? No lo eres, y tampoco llevo nada escandaloso. La mayoría de lobas aquí llevan el mismo tipo de ropa que llevo yo, tu hija lleva un top deportivo mío. – escupo enfadada. – ¿Le has dicho a alguna de ellas que se cambie? No lo creo.
— Aquí soy tu superior, en este cuartel no era la hija de un Alfa. – si supiera que coño soy se relajaría. – Y harás lo que yo diga, te guste o no.
— ¡No! – suelto cabreada antes de que mi padre aparezca.